La osadía de Francisco en el Capitolio

Latinoamérica y El Mundo

El discurso del Papa Francisco en Washington estuvo marcado por el llamado al compromiso, desde la perspectiva intrareligiosa, en la defensa de la paz y a favor de la justicia. No dudó en pedir el fin de la pena de muerte, en criticar los efectos del capitalismo feroz sobre la humanidad y en promover una respuesta fraterna para los migrantes de todo el mundo.

Foto: AFP

Washington Uranga- Página/12 (Argentina) 

El discurso que Francisco pronunció ante el Congreso de los Estados Unidos tuvo la impronta típica del Papa, que se ha convertido en un referente de primer nivel en el escenario político internacional. Por el estilo y por los temas.

Para hablarles a los congresistas –y desde allí al mundo– no dejó de lado su condición de jefe de la Iglesia Católica pero, con plena conciencia del escenario, lo hizo con un lenguaje universal, destinado a los católicos y a quienes no lo son y se ubicó en una perspectiva interreligiosa frente a un auditorio que también lo es. Comenzó citando a Moisés, “el Patriarca y legislador del Pueblo de Israel”, y elogiando la labor de sus interlocutores, que “consiste en hacer que este país crezca como Nación”. Y de inmediato el Bergoglio cómplice y seductor de la audiencia dio lugar al Francisco que fija posición: “Están llamados a defender y custodiar la dignidad de sus conciudadanos en la búsqueda constante y exigente del bien común, pues éste es el principal desvelo de la política”, les dijo a los legisladores.

Ninguno de los temas importantes quedó por fuera del discurso. En su alocución utilizó siempre un lenguaje cuidadoso pero no exento de energía. Y siguiendo un estilo propio de sus intervenciones públicas, decidió dirigirse, a través de sus representantes, al “pueblo” de los Estados Unidos, en particular a los trabajadores, a los abuelos y a los jóvenes. Para su estrategia discursiva seleccionó, como modo de aproximación e identificación, utilizar cuatro figuras emblemáticas de la historia norteamericana: “Abraham Lincoln, la libertad; Martin Luther King, una libertad que se vive en la pluralidad y la no exclusión; Dorothy Day, la justicia social y los derechos de las personas; y Thomas Merton, la capacidad de diálogo y la apertura a Dios”. Y los presentó como “cuatro representantes del pueblo norteamericano”. Otro guiño a la audiencia.

” Para hablarles a los congresistas –y desde allí al mundo– no dejó de lado su condición de jefe de la Iglesia Católica pero, con plena conciencia del escenario, lo hizo con un lenguaje universal, destinado a los católicos y a quienes no lo son y se ubicó en una perspectiva interreligiosa frente a un auditorio que también lo es “

Llamó a comprometerse, desde la perspectiva interreligiosa, en la defensa de la paz y a favor de la justicia: la cooperación entre las religiones “es un potente instrumento en la lucha por erradicar las nuevas formas mundiales de esclavitud, que son fruto de grandes injusticias que pueden ser superadas sólo con nuevas políticas y consensos sociales”, cuando “el mundo es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio nocivo, de sangrienta atrocidad, cometida incluso en el nombre de Dios y de la religión”. Y remarcó su prédica: esperanza, reconciliación, paz y justicia.

Habló de los inmigrantes y los refugiados y para hacerlo se reconoció él mismo como hijo de inmigrantes. Luego pidió una respuesta “fraterna” para los que llegan buscando mejores condiciones de vida y recurrió a una frase del Evangelio de Mateo: “Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes”. La mencionó como “una regla de oro”.

No tuvo pelos en la lengua para insistir, siguiendo a los obispos católicos de Estados Unidos, en la necesidad de abolir la pena de muerte. Muchos asistentes que habían aplaudido intervenciones anteriores permanecieron en silencio en ese momento. Y abogó por los pobres señalando que “la lucha contra la pobreza y el hambre ha de ser combatida constantemente, en sus muchos frentes, especialmente en las causas que las provocan”.

También incluyó el tema ambiental y el cuidado de la naturaleza, una de las cuestiones que se descuenta serán centrales en su discurso de hoy en Naciones Unidas. Recordó lo dicho en su propia encíclica Laudatio Si, y dijo que “ahora es el tiempo de acciones valientes y de estrategias para implementar una `cultura del cuidado’”.

” No tuvo pelos en la lengua para insistir, siguiendo a los obispos católicos de Estados Unidos, en la necesidad de abolir la pena de muerte. Muchos asistentes que habían aplaudido intervenciones anteriores permanecieron en silencio en ese momento. Y abogó por los pobres señalando que ‘ la lucha contra la pobreza y el hambre ha de ser combatida constantemente’ “

Criticó el armamentismo y pidió convertirse en “agente de diálogo y de paz” para “acabar con los muchos conflictos armados que afligen nuestro mundo” y “con el tráfico de armas”.

Hizo una firme defensa de la familia, con todo lo que ello significa desde la doctrina católica respecto del aborto y la indisolubilidad del vínculo, pero evitó usar tono polémico sobre estos puntos. Pidió “crear puentes” entre miradas diferentes e insistió en “iniciar procesos” antes que “mantener espacios”.

Ante el Congreso de Estados Unidos un Francisco en todo su despliegue, con una agenda que incluyó los temas clave de su magisterio, hablando en inglés y con un lenguaje cuidado, buscando seducir a su audiencia (la presente y la virtual) apoyándose en la propia historia y tradición norteamericanas y destacando a sus figuras emblemáticas. Un nuevo despliegue de la estrategia político-institucional de Francisco. Habrá nuevos capítulos.

 

Alberto López Girondo- Tiempo Argentino (Argentina) 

Hablar en el Capitolio de poner fin a la pena de muerte y a las guerras suena a osadía. Porque no pocos de los congresistas que aplaudieron conmovidos y derramaron lágrimas frente al Papa Francisco reciben –legalmente, eso sí- fondos para sus campañas de proveedores del Pentágono y de servicios para las cárceles privadas de Estados Unidos. Sonaría a inocente pensar que el Sumo Pontífice ignora esos datos. Por eso sus frases alcanzan la real dimensión del desafío del Papa argentino.

“¿Por qué las armas letales son vendidas a aquellos que pretenden infligir un sufrimiento indecible sobre los individuos y la sociedad?”, se preguntó en el congreso estadounidense. “Tristemente, la respuesta, que todos conocemos, es simplemente por dinero; un dinero impregnado de sangre, y muchas veces de sangre inocente. Frente al silencio vergonzoso y cómplice, es nuestro deber afrontar el problema y acabar con el tráfico de armas”, dijo a la industria bélica. “Cada vida es sagrada, cada persona humana está dotada de una dignidad inalienable y la sociedad sólo puede beneficiarse de la rehabilitación de aquellos que han cometido algún delito”, señaló a los empresarios penitenciarios.

Jorge Bergoglio causó impacto en Estados Unidos, donde desplegó su caudal de recursos para seducir audiencias y convencer a dirigencias poco propensas al entusiasmo. Por estos días, ese país será el centro de las miradas por el inicio de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas. Si esto dijo ante los legisladores norteamericanos, habrá que ver qué tiene bajo la manga para los líderes mundiales que se darán cita en el edificio de Nueva York.

” Hablar en el Capitolio de poner fin a la pena de muerte y a las guerras suena a osadía. Porque no pocos de los congresistas que aplaudieron conmovidos y derramaron lágrimas frente al Papa Francisco reciben –legalmente, eso sí- fondos para sus
campañas de proveedores del Pentágono y de servicios para las cárceles privadas de Estados Unidos “

Uno de los que asistirá –además de la presidenta argentina Cristina Fernández, en su última incursión en ese ámbito- será Juan Manuel Santos. El presidente colombiano dio un paso importante el miércoles al estrechar la mano del líder guerrillero Timoleón Jiménez, Timoshenko, para sellar el acuerdo alcanzado luego de casi tres años de arduas negociaciones entre su gobierno y las FARC. Despejar el tema más árido en el proceso de paz como es el de la justicia transicional y la reparación de las víctimas, abre el camino para un acuerdo final y definitivo de paz que ponga fin a más de 50 años de fratricidio en los seis meses que se pusieron como plazo.

“Esto demuestra la madurez que ha alcanzado este proceso”, destacó Santos en la capital cubana. “Desde una perspectiva fundamentalmente restaurativa (este acuerdo) abre las posibilidades de ofrecer verdades halladas y plenas”, añadió Timoshenko. “Aun quedan dificultades enormes por superar, pero tenemos la certeza de que serán vencidas. La paz en Colombia no sólo es posible; es indispensable”, abundó a su turno Raúl Castro, el anfitrión para este proceso y el que celebró, mano sobre mano, los tres vestidos de color claro, las históricas coincidencias alcanzadas.

Tiene razón Castro al decir que falta un trecho difícil todavía. No es la primera vez en la historia colombiana que la paz parece posible y algo o alguien conspiran para boicotear la salida. El fabuloso negocio de las armas mueve miles de millones de dólares y alimenta una maquinaria productiva difícil de disolver. En pocas palabras, hay muchos que viven de la muerte en todo el mundo. Y Colombia no fue una excepción en este medio siglo largo de enfrentamientos feroces.

 

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