Simón Bolívar, héroe regional

Latinoamérica 
Especial

El domingo se celebró el aniversario 233 del nacimiento de uno de los latinoamericanos más importante del siglo XIX. Fundador de la patria grande, su talento político le hizo comprender que crearía una república poderosa que, unida, pudiera enfrentar la ambición del gigante del Norte. La relación de la vida de este hombre de acción con el personaje célebre de Cervantes.

Ilitch Verduga Vélez- El Telégrafo (Ecuador)

El próximo domingo se conmemorará el aniversario 233 del nacimiento del más importante latinoamericano del siglo XIX, y tal vez de las futuras centurias, Simón Bolívar Palacios, nacido en Caracas el 24 de julio de 1783, en aquellos años previos a las épocas singulares de los grandes hechos del devenir americano, que tuvieron repercusión universal. La raíz del fin del imperio ibérico -nacido de la visión mesiánica de Carlos V- brotó de la acción bélica patriota bajo el mando de próceres, como Bolívar, en esa aurora que nos emancipó del yugo hispano.

Perteneciente a  familias criollas ricas, de origen peninsular, los ‘mantuanos’, que resentían las formas y el manejo de la colonia por parte de los funcionarios de la metrópoli, la génesis de su espíritu patrio se fue forjando desde niño. Educado en academias españolas al concluir sus estudios viajó por Europa, acompañado del  maestro Simón Rodríguez, cultivando valiosas amistades. Regresó a su tierra, en 1807, participando decididamente en las reuniones de los cabildos, que sostuvieron las primeras manifestaciones de libertad del coloniaje en América.

El 10 de Agosto de 1809, Quito dio su paso hacia la autonomía, hecho ahogado en sangre el 2 de Agosto de 1810. Antes, en Charcas, en Bolivia, se lo intentó, pero también  fracasó. El 5 de julio de 1811, el Congreso de Venezuela establece la independencia de España y él se inscribe en el ejército, asume una carrera militar llena de victorias y hazañas, el cruce de los Andes para liberar Colombia en la batalla de Boyacá, en 1819. Y en Carabobo los laureles cubrieron a las tropas venezolanas, hasta el triunfo en Junín, en 1824, que acercó el final del dominio hispano. Los triunfos en la ‘campaña admirable’ permiten fundar la segunda república en 1814, de la que fue designado su mandatario.

Mas, choques internos generan la reacción colonialista, es derrotado por el sanguinario Boves y viaja hacia Jamaica en 1815. Un año después vuelve a la lucha apoyado en la solidaridad del presidente haitiano que da armas y soldados veteranos de su propia contienda de liberación de Francia y que solo le pide a cambio redima a los esclavos.

” El Congreso Anfictiónico para que el parto de la Patria Grande sea realidad no prosperó. Ecuador fue  leal hijo de Bolívar, la reunión de él con San Martín en Guayaquil fue un hito histórico que definió el futuro del proceso liberador luego del éxito en Pichincha. Las huestes fieles y las inglesas marcharon al Sur. Ayacucho selló la independencia  “

Con esa ayuda pudo empezar a liberar territorios hasta alcanzar la emancipación: Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. Su talento político le hace comprender con  convicción que no se podía liberar solo a un país, sino a todos. Y, además, crear una república poderosa que, unida, pudiera enfrentar la ambición del gigante del Norte, su premonitoria frase: “Estados Unidos parece destinado por la Providencia para plagar de miserias la América en nombre de la libertad”, se ha cumplido. El Congreso Anfictiónico para que el parto de la Patria Grande sea realidad no prosperó. Ecuador fue  leal hijo de Bolívar, la reunión de él con San Martín en Guayaquil fue un hito histórico que definió el futuro del proceso liberador luego del éxito en Pichincha. Las huestes fieles y las inglesas marcharon al Sur. Ayacucho selló la independencia.

En días pasados, una dama articulista de un medio de la ciudad se permite licencias, que bien pueden ser catalogadas como calumnias históricas. Así, acusa a Bolívar de traidor “por haber entregado a los españoles a Francisco de Miranda”. Hecho jamás esgrimido ni por su peor enemigo Santander. Según ella “fue el primer golpe de Estado en América”. Acude a fragmentos de documentos para endilgarle al Libertador anhelos dictatoriales y de no ser demócrata, sin ubicarse en el contexto de los tiempos, lo que se desmiente por la oposición de Bolívar a la idea de San Martín de crear un reino en nuestros lares. En el menguado intento de aplastar la Revolución Bolivariana, la estrategia fáctica la ha emprendido contra Simón Bolívar, en el caso está la señora, que ignora verdades de la realidad de la mayor gesta libertaria decimonónica

Manuel Taibo- Aporrea (Venezuela)

—Nos cuenta Don Miguel de Unamuno:

Es, sin duda, Simón Bolívar un héroe para un poema a la manera de los Browning, en que toma un personaje histórico como centro de reflexiones poéticas. Puede y debe decirse que hasta hoy nuestra América ha producido más hombres de acción que contemplativos de pensamiento puro; sus Aquiles superan a sus Homeros; por lo general, los historiadores, aun habiéndolos tan notables, no llegan a la talla de los historiadores. El pensamiento es la flor de la acción, y no florece y se encumbra la cultura filosófica, poética y científica de un pueblo hasta que, a través de dolorosas luchas, no se haya constituido en vista de un ideal común.

Hasta tanto, sus pensadores, en discordancia con el ambiente, resultan incompletos e inadaptables, como aquel don Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, interesante figura de que nos habla el señor Gil Fortoul, y que no pudo entenderse con Sucre, que vio en él un extravagante. ¿No se le llamó “loco” a Sarmiento?

El mismo Bolívar decía en 1822 que ni ellos ni la generación que les sucediese verían el brillo de la República que estaban fundando; (aún hoy) que la América era una crisálida, que era menester una “metamorfosis” mediante la formación de un nuevo tipo gracias a la fusión de razas, y en 1824 añadía que los pueblo americanos no podrían prosperar en cien años y que era menester fomentar la inmigración de europeos.

Y sólo cuando un pueblo se ha hecho homogéneo y se ha constituido definitivamente, cuando ha brotado en él conciencia patria colectiva y no vive sólo por el mero instinto de vivir —esto último es de Bolívar—; sólo cuando tiene ideal es cuando comprende y siente sus glorias y cuando puede irradiar al mundo su pensamiento. Homero llega cuando están resueltas las luchas en que intervino Aquiles, cuando de Troya no quedan sino las ruinas y es Helena polvo.

” Es, sin duda, Simón Bolívar un héroe para un poema a la manera de los Browning, en que toma un personaje histórico como centro de reflexiones poéticas. Puede y debe decirse que hasta hoy nuestra América ha producido más hombres de acción que contemplativos de pensamiento puro; sus Aquiles superan a sus Homeros “

¡Y qué figura la de Bolívar para el poema! Me permitiréis, benévolos lectores americanos, que, como vasco que soy por todos los costados, me detenga en la vasconía del Libertador. Después de describirle físicamente, agrega el señor Gil Fortoul: “En suma: tipo vascongado, de que descendía por línea paterna…” ¡Cuántas veces, en un verano que pasé cerca de Cenarruza, no me he detenido desde los balcones de esta vieja Colegiata, antigua hospedería acaso para los peregrinos que pasaban por Vizcaya en piadosa romería a Santiago de Compostela, a contemplar allá abajo, en el valle, el lugar de Bolívar, de donde tomó su nombre y su origen el Libertador!

“Sí su organismo era, sobre todo, español —añade el señor Gil Fortoul—, los ímpetus de su alma también lo fueron a menudo.” Sí
, españoles y quijotescos. Bolívar fue uno de los más fieles adeptos del quijotismo. Conocida es la anécdota que he leído en Ricardo Palma sobre la última frase de Bolívar, cuando éste, en sus últimos días, preguntó a su médico si sospechaba quiénes habían sido los tres más insignes majaderos del mundo, y al decirle el médico que no, contestó el Libertador: “Los tres grandísimos majaderos hemos sido Jesucristo, Don Quijote y… yo.” El mismo, pues, se incluyó, según tradición, con Don Quijote.

Si a Don Quijote le lanzó a esa locura caballeresca aquel amor tímido y contenido hacia Aldonza Lorenzo, según yo creo, ¿no determinaron acaso la carrera de Bolívar la muerte de su mujer, María Teresa, y el dolor que le causó? “La muerte de su joven compañeras (dulce y melancólica figura que la Historia deja en indecisa penumbra) —dice el señor Gil Fortoul— le arroja al punto en un verdadero torbellino: viajes que duran tres años; al principio, la nostalgia del primer amor, nostalgia que a veces se convierte en desesperación; proyectos confusos; nuevas pasiones que se suceden, violentas y efímeras; al fin, el alto ideal que se apodera de su espíritu, arrastrándole a la lucha por la libertad de la patria.” Agrega el señor Gil Fortoul que fue tal la impresión dolorosa con que acariciaba el recuerdo de su mujer, “que llegó hasta desear sinceramente la muerte.” Y el mismo Bolívar decía en 1828, en Bucaramanga, a sus amigos: “si no hubiera enviudado, quizá habría sido otra mi vida; no sería el general Bolívar ni el Libertador.” Y he aquí cómo aquella María T. Rodríguez, a quien conoció y con quien se casó en España —a Bilbao, mi pueblo, fue a verla en el otoño de 1801—, esa dulce figura penumbrosa que desfila por la historia, fue la Aldonza Lorenzo de aquel Quijote americano, y como muerta ella, se le convirtió en Dulcinea, en la Gloria.

” Es cuando en 1824 escribía al marqués del Toro: ‘Entienda usted, mi querido marqués, que mis tristezas vienen de mi filosofía; y que yo soy más filósofo en la prosperidad que en el infortunio. Esto lo digo para que usted no crea que mi estado es triste, y mucho menos mi fortuna.’ ¿No os dice nada esto del hombre triste en la prosperidad? “

¿Y no es acaso quijotesco aquello que cuentan dijo Bolívar, a raíz del terremoto de Caracas, cuando, atribuyéndole un fraile a azote de Dios irritado por haberse desconocido a Fernando VII, el ungido del Señor, el futuro libertador, que se hallaba en la turba, entre las ruinas, desenvainando la espada y obligando a bajar de la mesa que le servía de púlpito al fraile predicador, gritó: “¡se opone la Naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”? ¿Y no es quijotesco aquello que en 11 de agosto de 1826 decía a Gual, el plenipotenciario colombiano al Congreso proyectado de Tacubaya, continuación del de Panamá, de que promoviera la expedición libertadora a Cuba y Puerto Rico, para poder marchar luego con mayores fuerzas a España…, si para entonces no quieren la paz los españoles? Acaso se habrían resuelto no pocas cosas si nos hubiera conquistado Bolívar; digo, a nuestros bisabuelos.

Todo esto es profundamente quijotesco; pero hay algo más que acerca a Bolívar a Don Quijote, otro de los tres insignes majaderos de la Historia. (¡Y qué gloriosa, qué divina es la majadería así!) Cuantos hayan leído el Quijote recordarán aquel melancólico capítulo, en que el Caballero encontró unas imágenes de relieve y entalladura para el retablo de una aldea y las reflexiones de triste desesperanza que ellas le sugieren. En mi ya mencionada Vida las he comentado largamente. Aquello fue como el Huerto de los Olivos de Jesús, el otro de los tres insignes, según Bolívar. ¿Y no están llenos los últimos años del Libertador de tristes reflexiones, en que el héroe parece repetir con Don Quijote: “No sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos”? En aquellos tristes momentos, en aquellas horas de desaliento, propias de todos los verdaderamente grandes, creía haber arado en el mar y desconfiaba de los destinos de las nuevas naciones que con su espada y su fe separó de España.

Pero hay una frase profunda, profundísima, talvez la frase más profunda que he leído de Bolívar —con frecuencia hay en sus frases célebres más retórica a la española que no otra cosa—, hay una frase que nos hace penetrar hasta el hondón del alma del héroe. Es cuando en 1824 escribía al marqués del Toro: “Entienda usted, mi querido marqués, que mis tristezas vienen de mi filosofía; y que yo soy más filósofo en la prosperidad que en el infortunio. Esto lo digo para que usted no crea que mi estado es triste, y mucho menos mi fortuna.” ¿No os dice nada esto del hombre triste en la prosperidad y triste por filosofía? ¿Llegaría Bolívar a sentir la angustia metafísica de todos los grandes, la terrible voz que surge del silencio de las eternas tinieblas y nos dice: “Y todo, ¿para qué?”

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