Blasfemias de delincuentes

Argentina
Roberto Mero

Como en la época de los faraones el régimen macrista trata de borrar la historia quitando los cuadros de próceres argentinos y patriotas latinoamericanos, y escondiendo el busto del ex presidente Kirchner. La vicepresidenta le habla a un mundo que ya no existe. Un falso periodista le grita a un ex ministro en la televisión. Son algunas pinturas de un gobierno decadente.

Cristina y Evo descubren el busto de Néstor Kirchner en la Casa Rosada - Foto: Archivo

Roberto Mero* – Latinoamérica Piensa

Bajando un escalón más en la escalera de la abyección, quien fuese el secuaz de Jorge Lanata, Gabriel Levinas, intentó hacerse el Rey de España ante Chávez, gritándole al ex ministro Agustín Rossi un “¡callate!” que sonó a vergüenza ajena. Poco importa que la escena haya ocurrido en esa bazofia que es el programa Intratables. Menos aún el hecho de que muchos compañeros como Rossi no advierten que actuar en esas cloacas mediáticas no agrega, sino que desacredita. Levinas, ex productor de Lanata y como tal miembro de varios delitos de encubrimiento en el caso de las fugas recientes a los otros Lanatta, pasea su cerebro amorfo en la absoluta impunidad del macrismo triunfante. Se olvida con temible frecuencia que Gabrielito está en la mira de la justicia penal por haber desarrollado el único oficio que pudo dejarle realizar su atonía neuronal: el del robo de obras de arte y su reventa a traficantes avisados. Conocido merodeador de la noche porteña en los 80, Levinas había hecho de su negocio turbio una verdadera pantalla cuando logró obtener el título de director de la revista El Porteño, una vez que papito le sacara de entre las manos el negocio de impermeables que había quebrado. Por entonces el adefesio no utilizaba corbata sino un flequillito a lo Ringo Starr que cubría sus bobaliconadas de niño bien y currador. Indudable sanatero, fue amparado en sus negocios de liquidación de El Porteño por Jorgito, al que le cedió el título de esa revista para que hiciese una cooperativa, donde nadie iba a cobrar un centavo. Como los testigos muertos difícilmente puedan prestar juramento, ni Miguel Briante ni Jorge Di Paola (quienes fueron los verdaderos “padres” de El Porteño) podrán acudir a corroborar los encantos delincuentes de Gaby. Algún día se establecerá la lista y la justa memoria de quien aún anda por el planeta arreciando con grititos a lo Micky Vainilla, reclamándose un periodismo que jamás ejerció. Ruego profundo a quienes acepten someterse, como el valiente Rossi lo hizo, a estos escupitajos gusanescos: informarse antes de ponerse nervioso delante de la canalla mediática.

Gabriela Michetti y la obscena parálisis de ideas

Embalsamada en un discurso que podría haber vendido fruta o sex toys con la misma displicencia, Gabriela Michetti acaba de confirmar que la anemia ideológica del macrismo está llevando a nuestras relaciones regionales al coma neurológico. Princesa segundona en remplazo de un bobo rey de pacotilla, la Michetti demostró en profundidad que la postura de Ojitos Azules sufre de un anacronismo fundamental: le habla a un mundo y a una América Latina que no existen. Si bien sería erróneo juzgar a la CELAC como un organismo de revolucionarios empedernidos, resultaría un fracaso intelectual creer que es la OEA del Kennedy de 1961. Los conservadores, socialdemócratas y neoliberales de Costa Rica, Perú, Chile, Colombia, México y Uruguay, tampoco están en condiciones de sacar los pies del plato ante la voracidad de los banqueros internacionales. Evo recordó el origen de aquel encuentro, replanteando los desafíos internacionales del crédito, los mercados europeos cerrados y la presión militar estadounidense. Vendiendo chorizos, morcillas y pescado podrido, Michetti se dirigió a sus pares latinoamericanos con la misma ligereza conceptual de un vendedor de alfombras: ningún proyecto en común, ninguna base de sustentación ecológica y durable, ignorancia absoluta de la política de bloques, y ante la política de bloques que ya desarrolla Brasil en los Brics. La sugerente incoherencia de su frase al recordar que Venezuela “ha sido beneficiaria de la solidaridad internacional en el momento de la mordaza que la dictadura le puso al pueblo argentino”, fue el relevo de pruebas de la crisis que atraviesa la interna del propio gabinete macrista y los eructos negacionistas de Darío Lopérfido sobre los 30.000 desaparecidos. Michetti hubiera podido callarse o hablar de otra cosa y más aún cuando en ese mismo momento ocupaba un espacio televisivo en Buenos Aires la apologista del genocidio, Cecilia Pando. ¿Buscó un lugar de descerebrada de baja intensidad la Michetti? ¿Está buscando aire propio para cuando Macri se enferme definitivamente y tenga ella que hacerse cargo de la inevitable sucesión de Ojitos Azules? La obscena parálisis de ideas llama a plantearse que ocurre cuando un país que no logró confianza en Davos ante los patrones del mundo, tampoco logra que le den la mínima bola, aún estando, como se presume estar, en familia.

Macri y la resurrección de los faraones 

Ancestral costumbre de Oriente que luego pasó a Roma esa de borrar con pico y martillo el nombre de los ex gobernantes de los muros palaciegos. Costumbre imbécil y arcaica, pero por sobre todo mística, ya que el “nombre del borrado” a martillazos tendría inmensas dificultades para revenir del mundo de los muertos. La condena al olvido de hace 5000 años sólo buscaba calmar las impetuosas ansias de popularidad de los nuevos faraones, subidos al poder por obra y gracia de venenos, crímenes de masa, horcas, serpientes y otras indelicadezas. Los romanos buscaron hacerla mejor y más económica, cortándoles la cabeza a las estatuas del ex emperador, para reemplazarlas por las del nuevo mandamás. Quizás aconsejado por sus marabúes, hechiceras, magos, derviches y druidas reclutados por Jaime Durán Barba, esta costumbre macrista amenaza extenderse por el país como si se tratara de una crecida del Nilo. No sólo condena a los mingitorios parlamentarios el busto de Néstor Kirchner y cubre el de la Rosada con una bandera como si fuese un taparrabos. No sólo saca a Chávez y al Che Guevara, en una explicable urticaria de odios acumulados desde la más tierna infancia. No. En su endémica pasión por borrar de la historia a quienes la hicieron, Macri destartala los cuadros de Manuel Belgrano, de Mariano Moreno o del chacho Peñaloza, Juan Manuel de Rosas o Juana Azurduy de Padilla, en una cruzada contra todo aquello que pueda recordar que fuimos un país. Y que sólo volveremos a serlo cuando Macri salga del medio, paréntesis de la cronología deleznable. Persuadidos en la reencarnación, el transporte de almas y otras teorías explicables ante el miedo a la muerte y el espantoso olvido, los antiguos procedían como Macri hoy, con ese infinito talento que hace recordar a Tutankamón, pero que será polvo y olvido en el bailantero de cumbias. Esto explica la furia iconoclasta, la “limpieza” de su oficina hasta tres veces, y quién sabe qué otro yuyo mágico con el que cree exorcizar la ignota tumba que lo espera en el más allá, o en el más acá, de la memoria del pueblo.

*Periodista y escritor argentino en París, Francia.