Balotaje en clave regional

Argentina

Juan Manuel Karg/Federico Bernal – El resultado de los comicios no significará un dato aislado para los países latinoamericanos, sino que acarreará consecuencias para las cercanas citas electorales en Bolivia y Venezuela. Dos modelos diferentes de país, y todo el andamiaje institucional alcanzado, se ponen en juego contra una nueva tendencia al semicolonialismo.

Daniel Scioli, candidato por el Frente para la Victoria - Foto: ArchivoJuan Manuel Karg – Tiempo Argentino (Argentina)

El próximo 22 de noviembre, Argentina asistirá al primer balotaje de la historia del país, confrontando dos modelos políticos antagónicos: el expresado por el Frente Para la Victoria, actualmente en el gobierno, y el encabezado por la coalición conservadora PRO+UCR, que busca retomar el poder político en el país luego de doce años de gobiernos kirchneristas.

¿Cuál es la importancia regional que revisten estos comicios? ¿Por qué las derechas latinoamericanas están agazapadas aguardando un hipotético triunfo de Macri? Ya pasada la novedad de la cercanía entre Daniel Scioli (FPV) y Mauricio Macri (PRO), expresada en las urnas el pasado 25 de octubre, es preciso dar cuenta de la inserción de la segunda vuelta argentina en el marco de un debate regional.

Para contextualizar: luego de las decisivas elecciones en Argentina vendrán dos importantes citas electorales en América Latina. El 6 de diciembre Venezuela deberá renovar su Asamblea Nacional, en una disputa creciente entre el oficialista PSUV y la alianza conservadora MUD; y el 21 de febrero del año próximo Bolivia acudirá a las urnas para definir si habilita la repostulación de Evo Morales Ayma para un nuevo período presidencial.

Por ello Henrique Capriles se pronunció apenas conocida la noticia de la segunda vuelta argentina, para decir que “el gran reto que tiene Mauricio Macri si quiere ganar el balotaje es ser el líder del cambio”. ¿Qué busca Capriles? Que un hipotético triunfo de Mauricio Macri apuntale a la derecha venezolana, para buscar el 6 de diciembre vencer en las urnas al chavismo, algo que no ha sucedido nunca -a excepción del referéndum 2007- desde que Chávez llegó a Miraflores en 1999.

” No es descabellado […] considerar que la segunda vuelta de la Argentina tendrá una trascendencia que sobrepasa, con creces, a las propias fronteras del país. Se pone en juego […] uno de los gobiernos más importantes de las administraciones posneoliberales en la región, aquellos que precisamente le dijeron que NO al Alca, diez años atrás “

De igual manera lo hizo el empresario cementero boliviano Samuel Doria Medina -también ex candidato presidencial- quien saludó “la unidad liderada por Macri, unidad que será victoria el 22N”, para luego anunciar que “llega un nuevo tiempo”. ¿Cuál es la intención de Doria Medina? Que un hipotético triunfo de Macri apuntale el “NO” a una posible repostulación de Evo Morales. También hay que destacar el vínculo del banquero ecuatoriano y líder de la oposición a Rafael Correa, Guillermo Lasso, quien dijo que “la lucha de Mauricio Macri nos inspira y llena de ánimo para alcanzar mejores días en Ecuador”.De verificarse un avance de la derecha en Argentina, podría tener repercusiones directas no sólo en los comicios de Venezuela y Bolivia, sino también en el andamiaje institucional que la región construyó durante estos años. Un ejemplo: ¿se avanzará en una “flexibilización” del Mercosur -tal como exigían Aécio Neves en Brasil y Luis Alberto Lacalle Pou en Uruguay en las respectivas campañas de 2014- para que los países miembros puedan firmar TLC de vía directa con, por ejemplo, la Unión Europea? A juzgar por el documento presentado en abril pasado por el “Grupo Consenso” -espacio de encuentro de referentes de política internacional del PRO y del radicalismo-, sí, al pedir “fortalecer nuestras relaciones con Europa y Estados Unidos” y avanzar en una “rápida, amplia y franca discusión con nuestros socios del Mercosur”, buscando una apertura hacia la Alianza del Pacífico.No es descabellado, entonces, con estos importantes elementos, considerar que la segunda vuelta de la Argentina tendrá una trascendencia que sobrepasa, con creces, a las propias fronteras del país. Se pone en juego, tal como sucedió en las elecciones de Venezuela 2013 y Brasil 2014, uno de los gobiernos más importantes de las administraciones posneoliberales en la región, aquellos que precisamente le dijeron que NO al Alca, diez años atrás.

¿Habrá “restauración conservadora” o el pueblo argentino confrontará esta opción, tal como ha venido sucediendo en los últimos comicios regionales? A juzgar por estos antecedentes directos -ningún gobierno del “cambio de época” derrotado en elecciones- se puede ser optimista.

Federico Bernal – Tiempo Argentino (Argentina)

No se puede ganar sólo con spots de candidatos hablando lindo. Hay que meter las caras de los potenciales funcionarios de Macri y, debajo de cada uno, la estafa de la que fueron parte cuando les tocó ser administración. Tampoco se puede ganar hablando de la crisis de 2001 sin recordarle al pueblo argentino (¡y con imágenes!) la catástrofe social y económica de fines de aquel año, la represión, las muertes, la desesperación y el Corralito. Y mucho menos se puede ganar afirmando que el proyecto político que representa Macri es un modelo de “país”. El proyecto conservador reduce la Argentina a una semicolonia, semicolonia excluyente del 99% de la población y tres cuartas partes de las provincias. Esta es la diferencia principal y no puede ser soslayada.

Pilares de la semicolonia

No hay dos modelos de “país” en pugna. No lo hay ahora ni lo hubo en estos 205 años desde la Revolución de Mayo. Tal disyuntiva es falsa y forma parte del relato neoliberal, histórico y presente. Desde los contrarrevolucionarios de 1810 y Bernardino Rivadavia, el proyecto político conservador se propuso erigir una semicolonia en el Río de la Plata, esto es, cambiar la tutela de la monarquía española por la británica, convirtiendo las Provincias Unidas en patio trasero de los talleres europeos, a la vez que al país profundo y autóctono en patio trasero de los intereses mercantilistas porteños primero, porteños y bonaerenses (ganaderos) después. Existió pues y en este sentido una auténtica geopolítica para el diseño y la consolidación de esa semicolonia, semicolonia que no puede ser considerada un “país”; mucho menos una “Nación”. “Civilización y barbarie” fue su bandería cultural y militar; librecambismo y endeudamiento las dos caras de su política económica; el “granero del mundo” su inserción en la división internacional del trabajo; el unitarismo y centralismo porteños, la ideología que definió su administración y burocracia (mientras más chico y menos poblado el país mejor); y las zonceras “el mal que aqueja a la Argentina es la extensión” y “achicar el Estado es agrandar la Nación” la filosofía rectora de su funcionamiento interno, planificación territorial e infraestructura requerida.

La “nación” de los 842 mil kilómetros cuadrados

Constituye un grave error político, histórico y cultural afirmar pues que el proyecto político conservador aspira a forjar y consolidar una Nación, cuando desde 1810 no ha hecho otra cosa que segregar a las grandes mayorías y segregar el territorio original de las Provincias Unidas primero y su territorio actual después, por ejemplo al decretar la inviabilidad de cerca de la mitad de las 23 provincias. Es que en el “país” semicolonial sobra más del 77% de la superficie total de la Argentina. Digresión de una matemática emancipadora: según el Instituto Geográfico Nacional, la superficie total del país asciende a 3.761.274 km², de los cuales 2.791.810 km² son continentales americanos y 969.464 km² continentales antárticos (incluyendo las islas Orcadas del Sur) y a las islas australes (Georgias y Sandwich). Si de la superficie total nos quedamos con el “país” históricamente pretendido por el conservadurismo doméstico, estamos en presencia de aproximadamente 842. mil km² (las superficies sumadas de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, La Pampa y, desde Vaca Muerta, Neuquén). Es decir, la superficie de la semicolonia prescindiría de 2.919.000 km² o el 77,6% del actual territorio de la Argentina.

Elecciones y votantes en la cuestión nacional

Al presentar su plan de gobierno en 1946, el General Perón advirtió en su discurso al Parlamento: “En el estudio de nuestro plan hemos llegado a la conclusión que de los casi 3 millones de kilómetros cuadrados de nuestro territorio continental, explotamos tan sólo 1 millón y que de este último apenas obtenemos un rendimiento de un 25 a 30%. El Plan de Gobierno quiere llegar a que esos 3 millones de kilómetros produzcan el 50% de su riqueza para repartirla proporcional y equitativamente entre todos los argentinos”. Era el resultado del proyecto semicolonial, profundizado desde 1862, el que Perón denunciaba en el lanzamiento del Primer Plan Quinquenal. En 2003 Néstor Kirchner heredó aún peor semicolonia, revertida por supuesto desde entonces, pero que en el fondo aún subyace. Y donde mejor se expresa es en el resultado de las elecciones -en general de todos los procesos electorales desde la Ley Sáenz Peña-. Allí es donde se evidencia la coexistencia de dos proyectos políticos antagónicos en nuestro país, pero no por los guarismos sino por su expresión territorial. ¿No es mucha coincidencia que el conservadurismo obtenga su mayor caudal de votos justamente en la Ciudad-Puerto, en el Litoral y en las provincias histórica y tradicionalmente agropecuarias?

Geopolítica conservadora y granero del mundo

El conflicto se debate en realidad entre dos proyectos políticos antagónicos e incompatibles: semicolonia por un lado, con las mayorías progresivamente infelices y ultrajadas, bajo una bandera que con suerte y viento huracanado de cola logra cobijar a un puñado de millones, circunscripta a su vez a una extensión territorial enana y que es esencialmente el histórico anhelo mitrista de “país”; y Estado-Nación por el otro, con un pabellón que busca resguardarnos a todos y todas sin excepciones, dispuesto siempre a generar constante bienestar y realización colectivas, fiel en su geografía a la concepción de Patria de nuestros grandes libertadores y libertadoras. En palabras de la presidenta: “… un modelo de matriz diversificada basado, fundamentalmente, en el valor agregado que permite que la gran parte de los argentinos tengan trabajos y salarios que les permitan ingresar a una vida digna”, en las antípodas de un “modelo diferente que exige que los argentinos consuman menos: que consuman menos carne, que consuman menos leche, que consuman menos pan, para de esta manera tener excedentes, como lo que fue el modelo agroexportador de principios de siglo. 

” El peronismo, que es profundamente plural y democrático, ha sido y es el único movimiento político e ideológico genuinamente nacional (de Nación), fraguado en 1810 y en nuestras gestas independentistas y federales del siglo XIX […] Si los argentinos quieren una Nación, el peronismo -herencia del yrigoyenismo, hoy transitando su fase superior kirchnerista- es la única garantía de ello “

Una Argentina agroexportadora donde queden mayores excedentes para exportar” (discurso con motivo de firmarse el Fondo Federal Solidario de la soja). Por ende, desmantelar la zoncera que atribuye al conservadurismo una representación “nacional” es estratégico, pues explica desde la batalla cultural y la cuestión nacional que, por ejemplo, la demoledora postración del país heredada en 2003 -sobre todo del país profundo- obedeció, más que a una “crisis” o a políticas económicas neoliberales, a la continuidad durante casi medio siglo de una geopolítica conservadora tendiente a desintegrar al país, con la finalidad expresa de convertirlo en granero del mundo. Igual con la “Nación” horrendamente desigual y combinada que éramos en el Centenario y que, salvo el interregno 1945-1955, retornó entre 1955 y mayo de 2003. Cabe preguntarse, a propósito, si cuando los votantes de las fuerzas reaccionarias les brindan su apoyo es porque realmente quieren vivir en una semicolonia excluyente de provincias y decenas de millones de compatriotas, sin ciencia ni tecnología, pobreza atroz, bienestar como mercancía, endeudamiento asfixiante, donde la energía (los hidrocarburos) se priorice para el consumo extranjero -al igual que con la riqueza agropecuaria y sus rentas extraordinarias-; o bien porque caen presas de la zoncera conservadora que atribuye a su proyecto político un status de Nación, parte medular de su falso discurso “popular”.

Macri, que es mitrismo en su fase buitrista, no puede hacerse cargo de los problemas del país ni de los argentinos y argentinas, no sólo por su naturaleza reaccionaria sino porque sencillamente están para otra cosa y sirven a otros fines. Por eso, cuando funcionarios como Julio De Vido afirman que “el peronismo siempre se hizo cargo” del país y de su pueblo, de la infraestructura , la industria, el empleo, la ciencia y la tecnología (pueblocéntricas) no se refieren tanto a una cuestión de meras capacidades o principios. No pasa por ahí. El peronismo, que es profundamente plural y democrático, ha sido y es el único movimiento político e ideológico genuinamente nacional (de Nación), fraguado en 1810 y en nuestras gestas independentistas y federales del siglo XIX (incluyendo Vuelta de Obligado y en la Guerra de la Triple Infamia). Si los argentinos quieren una Nación, el peronismo -herencia del yrigoyenismo, hoy transitando su fase superior kirchnerista- es la única garantía de ello. Y es precisamente por esta razón que las clases populares no pueden dudar el próximo 22 de noviembre. El 99,9% de los votantes de todos los candidatos -incluido Macri- están más cerca de la Nación que de la semicolonia.

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