Balotaje: ayer y hoy

Uruguay 

El domingo se definirá quién gobernará el país en los próximos 5 años. La votación se resolverá por medio del balotaje, instrumento impulsado por los partidos fundacionales (Colorado y Nacional) para lograr vencer al Frente Amplio. Ahora, se espera que, al igual que hace cinco años, otra vez los recursos de los partidos tradicionales sean insuficientes y el FA resulte vencedor. 

Luis Casal Beck- La República (Uruguay) 

En apenas una semana, otra vez los uruguayos irán a votar en un balotaje que enfrentará a la centro izquierda (Tabaré Vázquez-Raúl Sendic) y el bloque conservador (Luis Lacalle Pou- Jorge Larrañaga). Todo lleva a pensar que el resultado será similar al producido cinco años atrás, en que Luis Lacalle de Herrera, padre del actual candidato, y Jorge Larrañaga, fueron derrotados por la fórmula del FA, integrada por José Mujica y Danilo Astori. Ideario repasa aquellos hechos, y rastrea los orígenes del instituto de la segunda vuelta en el mundo (Francia, 1852), y su desembarco en América latina (Costa Rica, 1949).

El balotaje, fue ideado por los partidos fundacionales (Colorado y Nacional), para lograr vencer al Frente Amplio (FA), en crecimiento constante a lo largo de los años. Después de las elecciones de 1994 (en que surgió el país de los tercios: colorados, 656.428 votos; blancos, 633.384; FA, 621.226, con un líder carismático llamado Tabaré Vázquez), el bloque tradicional encontró esa “vía regia” (la segunda vuelta), instrumentada en la reforma constitucional plebiscitada en diciembre de 1996, con un mínimo de apoyo ciudadano (SI: 50, 4 %; NO, 46,2 %; en blanco, 1, 9 %, anulados, 1,4 %).

Esa reforma, introdujo cambios en las reglas electorales que fueron muy importantes: internas simultaneas en los partidos, para elegir a un candidato único a la presidencia; separación en el tiempo de los comicios nacionales y departamentales; prohibición de la acumulación por sublemas para elegir a los diputados (las famosas “cooperativas electorales”), etcéteras varios. El asunto más polémico fue, sin duda, la obligación de recurrir a un balotaje, si ninguno de los partidos lograba la mitad más uno de los votos en las elecciones nacionales de octubre, a realizarse cada cinco años.

La exigencia resultaba enorme. Un estudio comparativo sobre el mecanismo de una segunda vuela, que toma en cuenta lo que ocurre en unos 80 países, revela que las normas introducidas en nuestro país, son las más exigentes. Porque en Uruguay, el partido ganador debe alcanzar una mayoría absoluta (mas del 50 %), incluyendo los votos anulados y en blanco. Esta fórmula,  aparentemente, no tiene antecedentes en otros países, según los expertos electorales consultados por Ideario.

En Costa Rica, donde se introdujo por primera vez este mecanismo de elección presidencial (1949), que es de origen francés (1852, Napoleón III; aunque lo popularizó la “V República”, en tiempos del general Charles de Gaulle), basta con un 40 %. En Argentina (“pacto de Olivos”, 1994), si un candidato logra el 45 % de los votos, o el 40 %, con una diferencia de diez puntos respecto al partido situado en segundo lugar, se convierte en gobernante. Aquí, es necesario alcanzar una mayoría absoluta (con votos anulados y en blanco).

“Todo lleva a pensar que el resultado será similar al producido cinco años atrás, en que Luis Lacalle de Herrera, padre del actual candidato, y Jorge Larrañaga, fueron derrotados por la fórmula del FA, integrada por José Mujica y Danilo Astori”

En su primera prueba del nuevo régimen (1999), el balotaje cumplió el objetivo previsto por el bloque conservador. Aunque el FA ganó en la primera vuelta por una importante diferencia (FA: 40, 11 %; colorados, 32,78 %; blancos: 22, 31 %, con Lacalle de Herrera como candidato); en la segunda vuelta, se impusieron los colorados (Jorge Batlle), con el apoyo de los blancos, por un 54,13 % frente a un 45, 87 %. En octubre, el Partido Colorado, no alcanzó las mayorías legislativas (10 senadores mas el vicepresidente; 33 diputados, propios), y debió  armar una coalición de gobierno con sus socios blancos, que duró  hasta el 2002.

En 2004, el FA, sí ganó en primera vuelta (Vázquez llegó a la presidencia de la República (50, 45 %), y con control en ambas ramas legislativas), abriendo un período de gestión bautizado como “la era progresista”. Los blancos, estuvieron segundos (Larrañaga, con un 34,4 %), y los colorados pagaron el costo de la grave crisis social y cultural desatada en el período 2002 (10, 6 % de la votación general.

Hace cinco años, en octubre, el FA emergió vencedor (49,3 %), frente a los blancos (29, 9 %) y los colorados (17,5 %). En noviembre hubo un balotaje entre la fórmula de la centroizquierda, integrada por José Mujica (ministro de Ganadería y Agricultura durante la gestión de Vázquez) y Danilo Astori (responsable del área económica), y el espacio de los partidos fundacionales, que volvió a encabezar Lacalle de Herrera, teniendo como compañero de fórmula a Larrañaga, que aceptó confiado ese papel creyendo que volvería a suceder lo de 1999, con Jorge Batlle. El pacto entre Lacalle Herrera y Larrañaga, fue sellado en las oficinas de la agencia Impetu (Montevideo), en la misma noche de las internas en que el líder herrerista salió vencedor (ver “La derrota. Los porqués del fracaso de Lacalle, Martín Pintos, Fin de Siglo, 2010).

En su estrategia de campaña Lacalle Herrera, “pasó a promocionarse como el que mejor podía asegurar la continuidad de las políticas desplegadas por el gobierno de Vázquez, al mismo tiempo (que)  apostó a desacreditar a Mujica, como potencial continuador de aquel (recordando su) pasado guerrillero (y su) estilo informal”, señalan Antonio Cardarello y Jaime Yaffe en un estudio colectivo publicado por el Instituto de Ciencia Política (ICP), de la Universidad de la República (ver: “Del cambio a la continuidad. Ciclo electoral 2009-2010 en Uruguay. ICP, Clacsco, 2010). En su mensaje, el expresidentes blanco (1990-1995), se posicionó como alguien “con experiencia de gobierno”, que generaba “certidumbres”.

Sin embargo, como recuerdan estos politólogos, algunas de sus declaraciones dañaron gravemente su imagen, como cuando “uso la imagen de una motosierra”, al referirse a la necesaria reducir el gasto público; o propuso “la instalación de duchas y peluquerías en los asentamientos irregulares”; o cuando se refirió despectivamente a la vivienda de Mujica como “un sucucho”, o empleó la expresión “atorrantes”, al hablar de los beneficiarios de los planes sociales del Ministerio de Desarrollo Social (Mides).

” ‘En resumen, -afirman Cardarello y Yaffé-, ni la campaña de Mujica fue brillante ni la de Lacalle (de Herrera)  fue desastrosa, pero sobre el telon de fondo de una alta aprobación hacia la gestión del gobierno frenteamplista, y con un mejor desempeño conjunto de la fórmula oficialista, el resultado fue el que cabía esperar en principio’ “ 

Paralelamente, Mujica le asignó en la campaña un papel importante a Astori, revirtió algo su imágen (“desde el peinado hasta la vestimenta”), y “atacó duramente al candidato blanco en su punto mas débil: las denuncias y procesamientos judiciales por casos de corrupción que habían afectado al gobierno que presidió entre 1990 y 1995”, dicen Cardarello y Yaffé, que recordaron que éste: “era un recurso que Larrañaga, había utilizado sin éxito en la interna nacionalista, pero que Mujica supo dosificar con eficacia en el marco de un conjunto amplio de dispositivos de campaña”.

“Por su parte, -añaden-, el candidato colorado (Pedro Bordaberry), apostó a sacar provecho de la fuerte polarización y el duro
cruce de acusaciones que se produjo entre Mujica y Lacalle. Por un lado se mostró como equidistante del oficialismo, y de la oposición blanca, apostando a evitar el empantanamiento con el candidato nacionalista en el marco de una estrategia que buscó recuperar a los votantes colorados que en las elecciones de 2004, habían apoyado al tradicional rival”.

“Lacalle (de Herrera), -sostienen los investigadores del ICP-, dirigió sus esfuerzos a mostrar la inconveniencia de que el FA volviese a tener en sus manos la suma del poder” y a golpear a Mujica. “En esa línea, un hecho de apariencia fortuita (el hallazgo de un arsenal clandestino en una vivienda de Montevideo), fue utilizada por el Partido Nacional, para involucrar al Movimiento de Liberación Nacional (MLN), buscando de esa forma perjudicar al candidato del FA”. El caso del arsenal del contador Feldman, -destacado en este estudio- no ejerció los efectos esperados en la sociedad, por actores del bloque conservador, poco antes de la realización del balotaje del 29 de noviembre de 2009.

La elección de ese día, le otorgó una cómoda victoria a la fórmula encabezada por Mujica: 1.197.638 votos (52, 4 %) respecto a la de Lacalle de  Herrera (994.510; 43, 5 %). Hubo 53.100 votos en blanco (2, 3 %); 40.103, anulados (1,8 %). En total, participaron en aquella jornada cívica, 2.285.958 ciudadanos (89,2 % del padrón). En octubre, el FA ya había logrado mantener su supremacía en las dos cámaras del Poder Legislativo.

“En resumen, -afirman Cardarello y Yaffé-, ni la campaña de Mujica fue brillante ni la de Lacalle (de Herrera)  fue desastrosa, pero sobre el telon de fondo de una alta aprobación hacia la gestión del gobierno frenteamplista, y con un mejor desempeño conjunto de la fórmula oficialista, el resultado fue el que cabía esperar en principio”,

 

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