Bachelet y el desafío de fortalecer el Estado

El retorno de Michelle Bachelet a la presidencia de Chile, tras obtener un amplio respaldo en las urnas, llega con una gran expectativa ante las promesas de cambios sustanciales que tendrán al Estado como protagonista. Por un lado por la demandada reforma del sistema educativo y los cambios en la estructura tributaria. Pero también por la esperada asamblea constituyente para terminar con el legado de la dictadura y contar con una carta magna elaborada en democracia.

Bachelet y el desafío de fortalecer el EstadoSara Romo – Público (España)

Michelle Bachelet vuelve a la Presidencia del Gobierno chileno con el propósito de marcar un punto de inflexión en la política de izquierdas chilena. Su caballo de batalla es acabar con la privatización del sistema educativo. La educación como simple producto del mercado es el símbolo de la situación que actualmente vive el país, donde nada pertenece al Estado y donde es el libre comercio el que pone precio a todo, incluso a lo más básico como la Sanidad, la Educación, el agua o la electricidad.

Desde la segunda mitad de la década de los 70 Chile ha sido el laboratorio de un experimento que llegó casi hasta sus últimas consecuencias: la implantación del neoliberalismo económico. La total libertad de mercado, donde el Estado no tiene poder para controlar nada. Se suponía que así se conseguiría el desarrollo económico que Chile necesitaba. Estas políticas se llevaron a la práctica de manera masiva durante el Gobierno Militar y fueron propuestas por una serie de estudiantes que se habían graduado en Chicago, entre ellos, el presidente en funciones Sebastián Piñera.

«Bachelet empezará derribando las murallas privadas de la educación. Si tiene éxito, podría entonces aspirar a devolver al Estado chileno el resto de servicios básicos»

Y la medida resultó. Chile se convirtió en 30 años en el «jaguar de la América Latina» con un crecimiento económico galopante. Tan exitosa parecía la estrategia, que los gobiernos de izquierdas posteriores a Pinochet no dudaron en aplicarla también, incluido el partido por el que gobernaba Bachelet en su último mandato.
Pero ahora que este proceso se ha desacelerado empiezan a surgir las dudas acerca de la efectividad de las privatizaciones. Como comentaba una periodista chilena en las últimas semanas, «lo malo de la privatización es que limita el acceso a cosas que debieran ser para todos; por ejemplo, la salud y la educación. Lo privado es de muy buena calidad pero demasiado caro. En cambio lo estatal es de mala calidad, pero es lo único accesible para todos los chilenos».

Bachelet empezará derribando las murallas privadas de la educación. Si tiene éxito, podría entonces aspirar a devolver al Estado chileno el resto de servicios básicos. De esta forma se aseguraría que las tarifas fueran asequibles para todos los chilenos. Hoy en día esto parece una utopía. La izquierda no lo ha conseguido en veinte años de Gobierno. Pero Bachelet tiene buena fama dentro y fuera de Chile. ¿Será ella capaz de lograrlo?

Editorial – La Tercera (Chile)

El ciclo político que se inicia hoy con la inauguración del nuevo gobierno parece marcado por las expectativas que genera el retorno a La Moneda de la Presidenta Michelle Bachelet. El amplio triunfo que obtuvo en los comicios de enero, así como las promesas incluidas en su programa y las demandas provenientes de distintos sectores, configuran un panorama exigente en el cual las autoridades que asumen hoy deberán mostrar capacidad política para llevar adelante la tarea.

Tal como hizo en la primera conformación del gabinete en 2006, la Mandataria ha realizado ahora una apuesta al designar a su equipo de colaboradores más estrechos. Pese a que en general se tuvo en cuenta la representatividad de los distintos partidos de la Nueva Mayoría al momento de llenar los cupos de la primera línea de gobierno, el rasgo más llamativo de los principales ministros y asesores es la cercanía con la Presidenta y con el programa que ella impulsa. Este propone una serie de ambiciosas transformaciones en ámbitos diversos, desde la reforma de la Constitución hasta la gratuidad de la educación o la eliminación del FUT. Para llevar adelante estos cambios, el gobierno que inicia funciones hoy contará con una amplia mayoría en ambas cámaras del Congreso, lo cual le abre la perspectiva de impulsarlos sin el concurso de la oposición, siempre y cuando sea capaz de articular debidamente a las fuerzas que lo apoyan.

«En este escenario -en el marco de una alta exigencia y expectativa ciudadana y de un gobierno que se estrena en medio de condiciones políticas nunca antes vistas- adquieren especial importancia las primeras medidas que adopten las autoridades que hoy llegan a La Moneda»

Pese a las favorables condiciones descritas, se han hecho palpables en el último tiempo algunas fisuras que representan obstáculos para la gestión política y que, si no son enfrentadas de manera adecuada, pueden llegar a convertirse en amenazas para el nuevo gobierno.

Algunos de estos problemas han quedado al descubierto con el proceso de designación de autoridades. El hecho de que cuatro subsecretarios nominados hayan debido renunciar a su cargo antes incluso de asumirlo debe preocupar a La Moneda.

En este escenario -en el marco de una alta exigencia y expectativa ciudadana y de un gobierno que se estrena en medio de condiciones políticas nunca antes vistas- adquieren especial importancia las primeras medidas que adopten las autoridades que hoy llegan a La Moneda. Estas han prometido que actuarán con rapidez y presentarán muy pronto proyectos de ley significativos. Más allá del efecto que ello pueda provocar en la opinión pública, será útil conocer el detalle de propuestas que pretenden reformar profundamente la institucionalidad en una serie de ámbitos cruciales para el desarrollo del país, alterando el camino seguido por éste hasta ahora. En la búsqueda de este objetivo, las nuevas autoridades han prometido que se ceñirán estrictamente a lo establecido en el programa de gobierno.

Alberto Luengo – BBC Mundo (Gran Bretaña)

No es que Chile tenga especial afición por los símbolos y las imágenes repetidas, pero la historia de este pequeño país es pródiga en coincidencias. Hoy asume el poder en el país Michelle Bachelet, la única mujer en ganar la presidencia chilena, y lo hace por segunda vez.

Bachelet ya gobernó entre 2006 y 2010. La ironía es que ahora recibe el poder de la misma persona a quien se lo entregó hace cuatro años: Sebastián Piñera, el primer presidente de derecha elegido democráticamente en 50 años.

Y la banda presidencial, símbolo de la autoridad, le será entregada por la nueva presidenta del Senado, Isabel Allende, hija de Salvador Allende, el presidente derrocado hace 40 años y cuyo dramático final, un suicidio en medio del asedio militar al palacio presidencial de La Moneda, fue el inicio de la más larga dictadura vivida en la historia del país.

«Bachelet se ha comprometido con un programa audaz y profundo que ella ha definido como «de nuevo ciclo»»

Dos mujeres socialistas y agnósticas –Michelle Bachelet e Isabel Allende- y un hombre de derecha y católico son los protagonistas de un cambio de mando cuyos símbolos estarán llenos de significado. Y para no olvidar de qué país se trata, en los últimos días se han hecho sentir múltiples temblores –uno de ellos de 5,3 grados en la escala de Richter- que recuerdan la telúrica ceremonia de traspaso de mando de hace cuatro años, pocos días después del terremoto del 27 de febrero de 2010, en la cual Bachelet le pasó la banda a Piñera en un salón cuyo piso lit
eralmente se movía por las fuertes réplicas y mientras la población de Valparaíso, el puerto sede del Congreso, huía hacia los cerros por temor a un tsunami.

Bachelet se ha comprometido con un programa audaz y profundo que ella ha definido como «de nuevo ciclo»: una reforma a fondo a la educación, para mejorar la igualdad de oportunidades; una reforma drástica al sistema tributario, para financiar esa reforma; y un cambio a fondo de la Constitución para desmontar la parte aún vigente del modelo fijado por el régimen de Augusto Pinochet.

 

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