América Latina en época de desafíos

“Se necesita afirmar el proyecto de la Celac, buscando coincidencias, coordinando los esfuerzos de los diferentes organismos subregionales y actualizando y renovando la arquitectura institucional –un poco errática– que se viene construyendo en América Latina y el Caribe hace ya más de cincuenta años”, expresó el ex presidente argentino Carlos “Chacho” Álvarez en un artículo de opinión con miras a la cumbre de esa organización regional, que se desarrollará en La Habana entre el 28 y 29 de enero.


Carlos “Chacho” Alvarez – La República (Uruguay)
Una nueva y próxima cumbre de presidentes de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), nos alienta a reafirmar e insistir en la importancia estratégica y decisiva para la región de esta iniciativa.

Construir América Latina y el Caribe como una comunidad de presente y de futuro y como un actor vital, en un mundo configurado por bloques, es una tarea de una enorme envergadura histórico-política.

Requiere establecer puentes entre las distintas sub-regiones y países, México, Centroamérica, el Caribe y Sudamérica, haciendo compatibles y asociables los distintos proyectos y la diversidad de enfoques tanto en lo que se refiere al modelo interno de las naciones como a su grado y forma de inserción en la economía internacional. Hay que considerar que continúan siendo muchos y muy fuertes los intereses de quienes apuestan a la fragmentación, al statu quo, a propagandear y fomentar proyectos que, en cambio de considerarlos como agregativos, tienden a sectorizar o confrontar debilitando las posibilidades de avanzar en la convergencia y la integración.

En términos del paisaje geopolítico mundial actual, la crisis de credibilidad de los EEUU, la declinación europea, el cambio de modelo económico de China, y la persistencia de un sistema económico mundial concentrador y generador de desigualdades, interpela la voluntad política, la imaginación y la persistencia de los latinoamericanos y caribeños a conformar un espacio común constituido en base a un sustantivo aumento de los intercambios y el comercio intrarregional, mejores infraestructuras, políticas productivas, industriales y tecnológicas compartidas y complementarias, y planes educativos, sociales, ambientales y culturales que puedan ser proyectados en clave comunitaria y que demuestren que es posible comenzar a desarrollar políticas públicas regionales.

La interdependencia mundial, lejos de disolvernos como identidad, nos desafía a perfilar más nítidamente nuestra singularidad, articulando con mucho empeño, paciencia estratégica y sentido de pertenencia y del porvenir, realidades y subregiones muy distintas y hasta en muchos casos divorciadas entre sí. Esto para desarrollarnos y defendernos juntos frente a las incertidumbres de una globalización desbocada, sin controles ni gobierno, para poner en valor comunitario las inmensas riquezas que posee cada uno de nuestros países y para coprotagonizar un cambio de paradigma frente a un modelo civilizatorio en decadencia y en crisis. Un continente que debe pelear junto contra las propias desigualdades como ante las injusticias de un capitalismo adicto al dinero fácil, especulativo, concentrador de riqueza y promotor de asimetrías inaceptables.

Para estas tareas que trascienden las posibilidades nacionales e incluso subregionales, es que se necesita afirmar el proyecto de la Celac, buscando coincidencias, coordinando los esfuerzos de los diferentes organismos subregionales y actualizando y renovando la arquitectura institucional –un poco errática– que se viene construyendo en América Latina y el Caribe hace ya más de cincuenta años.

Es un enorme esfuerzo, una tarea que a veces se piensa o se quiere ver –por las diferencias y las heterogeneidades– como imposible o inviable, pero que sigue desafiándonos no solo desde el eco de nuestra historia compartida, sino como el reto definitorio para reconocer y diferenciar si América Latina vive una importante época de cambios o va a ser protagonista y actor colectivo de un cambio de época.

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