Allende, la muerte en sus propios términos

La Corte Suprema de Justicia de Chile dictaminó que el presidente socialista Salvador Allende se suicidó el 11 de septiembre de 1973 mientras se incendiaba La Moneda. La querella había intentado sostener que se trataba de un homicidio, sobre la base de que el mandatario se había visto forzado a matarse. Otra reflexión plantea que sus acciones fueron tomadas a partir de su propio código de honor personal y sus principios y valores políticos. Valiente y libremente, Allende decidió luchar y morir en sus propios términos, no en los elegidos por sus asesinos.

Hermes H. Benítez – El Clarín (Chile)

Quien se haya dado el trabajo de examinar con alguna atención los argumentos esgrimidos por los partidarios del magnicidio, advertirá que cuando su visión de las causas inmediatas de la muerte de Allende es seriamente impugnada, terminan por echar mano de afirmaciones como la siguiente: “cualquiera que haya sido el dedo que apretó el gatillo del arma que lo mató, el Presidente fue asesinado”. Y ¿por qué se afirmaría tal cosa?, porque “Allende fue forzado a suicidarse”. Es decir, la distinción utilizada cotidianamente entre “morir por propia mano” y “morir por mano ajena”, o lo que es lo mismo, entre suicidio y asesinato, es aquí simplemente eliminada por medio de un pase retórico, con el fin de demostrar que, incluso, si Allende se quitó la vida habría sido asesinado. ¿No es esto una clara violación del principio de no contradicción, pilar fundamental de la lógica, que sostiene que una afirmación y su negación no pueden ser verdaderas al mismo tiempo y en el mismo respecto?

En una entrevista de enero del 2012, que solo vinimos a conocer recientemente, Roberto Avila Toledo, el abogado querellante del Caso Allende, hace uso de una variante de la referida afirmación, en el contexto de la investigación judicial, en ese momento en curso, en contra de los responsables, civiles o militares, del golpe del 11 de septiembre de 1973:

“Un suicidio es un acto libre y autónomo. La acción de terceros lo transforma en homicidio. La Suprema Corte de Estados Unidos determinó homicidio respecto de los que se arrojaron al vacío en las Torres Gemelas, y no suicidio como alegaban las compañías de Seguros. Morir no era su voluntad. Habían sido empujados a ello por los terroristas, para evitar algo aún peor”. De lo que se concluye que: “Allende fue asesinado al igual que las víctimas de los atentados terroristas en contra las Torres Gemelas [en New York]” (1).

Es manifiesto que lo que con este argumento el abogado se propone hacer es identificar un precedente legal que permita acusar, juzgar y condenar, como culpables de magnicidio, a todos aquellos que, de una forma u otra, fueran ellos civiles o militares, actuaron directamente en el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, o ayudaron a crear las condiciones que lo hicieran posible. Como estrategia legal el argumento concebido por el abogado Avila Toledo tiene una considerable fuerza y evidentes méritos, pero, lo que aquí nos interesa sacar a la luz es la particular visión de la conducta de Allende aquel trágico día, sobre la que se levanta aquel argumento legal.

Si lo ponemos en forma de silogismo tendríamos la siguiente figura:

P1. Un suicidio es un acto libre y autónomo.

P2. La acción de terceros en un suicidio lo transforma en homicidio.

P.3 Así como en el caso de los suicidas del ataque a las Torres Gemelas, en la muerte de Allendeintervinieron terceros.

Conclusión: Por lo tanto, la muerte de Allende fue un homicidio.

La premisa No. 1 del argumento es discutible, porque no todo suicidio puede ser entendido como siendo propiamente un acto libre y autónomo. Por ejemplo, la autonomía, o libertad, implicada en la decisión de quitarse la vida de una persona que padece de una depresión clínica aguda es, por cierto, sumamente limitada, por no decir inexistente, dado que es tomada bajo los efectos de lo que no es otra cosa que una grave dolencia psíquica con base orgánica. En cuanto a la premisa No. 2, creemos que debería reformularse así: la acción de terceros puede, en ciertos casos, transformar jurídicamente, un suicidio en homicidio. Por ejemplo, si se pone a una persona ante la decisión forzosa de elegir entre su propia vida y la de su hijo. Pero hay otros casos en que ello no ocurre así, como el siguiente, que hemos examinado antes, y que relatamos aquí basándonos en un escrito de Eduardo Galeano:

“El día 26 de marzo de 1978, María Victoria Walsh, hija del periodista, escritor, dramaturgo y revolucionario argentino Rodolfo Walsh, le gritó a los esbirros de la dictadura militar que la acosaban en su casa de la calle Corro, de Buenos Aires: “Ustedes no me matan, yo elijo morir, carajos”, y entonces ella y otro combatiente llamado Alberto molina, se suicidaron allí mismo con sus propias armas frente a sus enemigos, para no darles el placer sádico de que los torturaran y asesinaran”.

Hay en esta autoinmolación una afirmación heroica de la libertad humana que impide se la pueda reducir, al menos moralmente, a la categoría de homicidio, por mucho que se trate de decisiones adoptadas, por una o varias personas, bajo las condiciones más extremas.

En lo referente a la premisa No. 3 del argumento de Avila Toledo, las cosas son más complicadas de lo que aparecen a primera vista, en primer lugar porque la intervención de terceros en la muerte del Presidente debe ser entendida de dos maneras diferentes: 1. Que fue asesinado directamente por los soldados golpistas, y 2. Que estos, al provocar el golpe de Estado y atacar La Moneda con fuerzas de aire y tierra, crearon las condiciones que empujaron a Allende a cometer suicidio.

A pesar de los persistentes esfuerzos de los partidarios chilenos del magnicidio, estos no han conseguido probar, “más allá de toda duda”, que Allende fuera muerto por alguno de los soldados que asaltaron La Moneda aquella tarde. Es más, nadie ha podido demostrar que uno o varios soldados hayan ingresado al Salón Independencia antes de que lo hiciera el doctor Patricio Guijón, quien, entre el humo y la semioscuridad, vio el violento alzamiento del cuerpo del Presidente provocado por uno, o dos, disparos; lo que también es presenciado desde otro ángulo por el doctor José Quiroga. Hasta la fecha, ninguno de estos cruciales testimonios han podido ser seriamente impugnados, a pesar de que por 40 años sus declaraciones han sido descalificadas, mediante el uso de diferentes argumentos ad hominem, por casi todos los que han escrito en favor del magnicidio (2). De allí que las observaciones y conclusiones más importantes y sugerentes de los estudios metapericiales del doctor Luis Ravanal, obtenidas o extraídas de documentos forenses y no del estudio directo de los restos del Presidente, que supuestamente demostrarían que Allende no se suicidó sino que fue asesinado, no han tenido la fuerza suficiente como para poder refutar, o contradecir, las declaraciones de los referidos médicos de La Moneda. Ello porque “si una hipótesis [en este caso el asesinato de Allende] es incompatible con algún hecho de observación bien comprobado [ningún golpista ingresó al Salón Independencia antes que el doctor Guijón], la hipótesis es considerada falsa y debe ser rechazada” (3).

Más digna de confianza parece la segunda alternativa arriba indicada, esto es, que la participación militar en la muerte de Allende pudo haberse reducido a la creación de las condiciones, mediatas e inmediatas, que lo llevaron al suicidio. Por cierto, los partidarios del magnicidio re
chazan a priori esta segunda posibilidad y afirman que, en realidad, Allende no se suicidó sino que fue asesinado por alguno de los soldados golpistas que penetraron al Salón Independencia, de La Moneda, muy cerca de las 2 de la tarde del 11 de septiembre. No cabe duda que la intención de los golpistas era terminar con la vida del Presidente, pero esto no llegó a ocurrir porque él decidió que se pegaría un tiro antes de dejarse vejar, o matar, por sus enemigos, como lo expresó en repetidas oportunidades tanto antes como durante el Golpe.

Pero el argumento de Roberto Avila presenta otro punto débil, porque las circunstancias inmediatas de la decisión del Presidente de morir en La Moneda son solo superficialmente semejantes a la situación de aquellos que se lanzaron desde las Torres Gemelas. La razón de ello es que Allende no fue obligado por terceros a ingresar a La Moneda aquella mañana, ni a combatir con las armas en la mano con el fin de repeler el abrumador ataque golpista. Por cierto que la sublevación militar puso a Allende en una situación de limitadas opciones, pero ello no determinó por sí mismo su curso de acción aquel día. Como lo hemos mostrado en varios ensayos anteriores (4), Allende había decidido, con más de un año de anticipación, que en caso de producirse un golpe generalizado de las FF.AA. defendería su gobierno, dignidad presidencial y mandato, en el palacio de La Moneda, al riesgo de su propia vida. Pero, además, a menudo se pasa por alto que Allende tuvo por lo menos otras dos opciones la mañana del Golpe: pudo haberse asilado, junto con su familia, en una embajada amiga (la de México, por ejemplo); o pudo él haberse escapado del país en un avión particular. Sin embargo a las 7:15 de la mañana, ya enterado de que el golpe unificado de las FF.AA estaba en marcha, el Presidente abandona la casa presidencial de Tomás Moro 200, no para escapar a las acciones de los golpistas, sino para dirigirse a toda velocidad a La Moneda, en uno de aquellos legendarios FIAT 1500 azules conducido por Julio Soto, su chofer y miembro del GAP, la fiel escolta presidencial. Una vez en el viejo palacio, Allende rechazará con gran firmeza y vehemencia los ofrecimientos golpistas de poner un avión a su disposición para que abandone el país, junto a su familia y algunos de sus más cercanos colaboradores, así como a cada una de los ultimatums golpistas, hechos bajo la amenaza de bombardeo aéreo.

Como puede verse, ninguna de las acciones aquí descritas le fueron simplemente impuestas al Presidente, sino que correspondieron a decisiones libremente adoptadas por él en aquellas extremas circunstancias, a partir de su código de honor personal y de sus principios y valores políticos. Pero, por cierto, Allende no se limitó a un rechazo puramente verbal de las amenazas golpistas, sino que, además, combatió valientemente, junto a un puñado de sus partidarios, a los atacantes de La Moneda por más de cuatro horas y media, a pesar de la limitación del número y el armamento de sus defensores; denunció en sus cinco comunicados radiales a los responsables del alzamiento golpista, así como a sus instigadores, chilenos y extranjeros; se despidió de su pueblo y sus partidarios, y nos dejó el discurso memorable de las grandes Alamedas, su testamento político, en el que paradojalmente se contiene su visión esperanzadora del futuro de Chile.

Todo lo anterior pone en evidencia la clara diferencia situacional y moral del presidente Allende y la de aquellos que, en su desesperación, se lanzaron al vacío al incendiarse los pisos superiores de las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001, puesto que estas personas no tuvieron otra opción que “elegir” entre morir quemados o lanzarse al vacío desde aquellos altísimos edificios; mientras que Allende tuvo la posibilidad de elegir tanto el lugar, al concurrir a la Moneda, como la forma de su muerte, una vez que comprendió que la continuación de la resistencia armada terminaría en una masacre inútil de sus compañeros. De manera que solo la conducta de Allende en La Moneda, dentro de sus obvias limitaciones, puede ser calificada como consistiendo en una serie de acciones “libres y autónomas”; a diferencia de la conducta de las personas que aquel día no tuvieron otra opción que lanzarse al vacío (5).

En tal sentido, nos parece que, desde un punto de vista moral, la situación y conducta de Allende se asemeja mucho más a la situación y conducta de los pasajeros del vuelo 39 de la United Airlines de aquel 11 de septiembre del 2001, quienes forzarían a los secuestradores a estrellar el avión en que viajaban en un bosque cercano a Shanksville, Pennsylvania, en vez de que este fuera lanzado sobre el Capitolio o la Casa Blanca, que al parecer eran los blancos elegidos. Es decir, aquellos pasajeros saben que nada de lo que hagan podrá salvarlos de la muerte pero, valiente y libremente, tal como Allende, deciden luchar y morir en sus propios términos, no en los elegidos por sus asesinos.

 

Notas:

  1. Entrevista de Patricia Mery Bell a Roberto Avila Toledo. Notas de Prensa, 5 de enero de 2012.
  2.  Desde el libro de Robinson Rojas: Estos mataron a Allende, en adelante, que fuera publicado originalmente en 1974, hasta Salvador Allende. Mi Carne es Bronce para la Historia, de Maura Brescia, publicado en el 2013, todos los partidarios del magnicidio han recurrido a la misma e maniobra para descalificar las declaraciones del doctor Guijón. Ya hemos denunciado antes públicamente que este último libro, recientemente aparecido en Santiago, contiene un gran número de pasajes plagiados de otros libros, incluyendo el último mío, titulado: Pensando a Allende. Escritos interpretativos y de investigación. Santiago, RIL editores, 2013.
  3. Irving M. Copi, Introducción a la lógica, Eudeba, Buenos Aires, pág. 382.
  4. Véase, por ejemplo los ensayos titulados: “La centralidad de la dimensión moral del gesto final de Allende”, piensachile, 18 de mayo de 2011; o “El temple moral del presidente Allende”, piensachile, 6 de septiembre de 2012.
  5. Aquel 11 de septiembre de 2001, en New York, “se lanzaron o cayeron cerca de 200 personas desde las torres en llamas”. Véase, en Wikipedia: The attack to the Twin Towers.

 

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