Ahumada, el revolucionario de la narrativa ilustrada

Manuel Ahumada era un gran artista. Murió el 3 de enero de un paro cardiorrespiratorio a los 57 años. Su talento no sólo se evidenciaba en la caricatura -colaboraba con La Jornada-, sino también en la pintura y la escultura. “Todo lo que hago es narrativo, aunque sea un solo dibujo”, dijo en una entrevista reciente, en la que comentó: “lo más cercano a un ángel es un astronauta. Como no puedo ser ninguno de los dos, cuando menos los dibujo”.


Juan Pablo Proal – Proceso (México)

Mario Córdova, exresponsable de la librería de La Jornada, le llamó por teléfono a Manuel Ahumada para desearle un buen año; entusiasmado, el caricaturista le contó a su amigo que tenía la intención de aprender computación este 2014, con el objetivo de por fin digitalizar su obra y poner un pie en la era virtual. La conversación ocurrió el mediodía del pasado viernes tres de enero. Horas después el monero falleció de un inesperado paro cardiorrespiratorio.

Manuel Ahumada resguardó con celo su universo, absolutamente apartado de los valores de la época: privilegió la introspección, opuesta al ansioso desenfreno de la exhibición inmediata; la solidaridad, antes que el utilitario individualismo; historietas sobre sentir la vida, en vez de sosos cómics de guiones artificiosos. Tal vez por ello su partida ha sido tan llorada, tan dolida, rociando con su eco un sentimiento de impotente orfandad.

El mundo de la cultura se ha esmerado en encontrar palabras a la altura de su deceso. “Fabricante de sueños, cronista urbano y poeta gráfico”, escribió Luis Hernández Navarro; “Su dibujo magistral, la poesía que reinaba en sus imágenes, su posibilidad de trastocar la realidad para entregarnos el sueño de una vida”, soltó Carlos Payán; “Era un caricaturista comprometido, con una posición progresista, pero sobre todo un excelente narrador gráfico; creo que era un poeta de la historieta”, describió El Fisgón; “Yo diría que es el inventor del realismo cósmico”, lo definió Gonzalo Rocha.

La conmoción derivada de la muerte de Ahumada heló corazones. Nos habla no sólo de un artista extraordinario, sino de esas poquísimas personas cuya partida provoca duelos colectivos.

Le pregunté a Antonio Helguera, monero de Proceso, El Chamuco y La Jornada, cuál consideraba que era el legado de su excompañero. Respondió: “Ahumada pertenece a una generación que revolucionó la caricatura y la historieta en México (…) desde el principio planteó magistralmente a la ciudad como su gran personaje, no es lo mismo vivir en el DF antes y después de las historietas de Manuel. Literalmente, logró sacar vida del concreto, ¿quién iba a pensar que los semáforos y los muros sucios de meadas de perros albergaban tanta poesía escondida?”. Le plantee la misma interrogante a José Hernández, también cartonista de los citados medios: “Lo más importante de Ahumada era, a pesar de que se le conozca como un caricaturista político, su trabajo con la historieta y la pintura”. También le pedí una reflexión a Patricio, actualmente radicado en Veracruz y miembro de El Chamuco: “Ahumada era un poeta de la historieta, de la caricatura, tenía una visión muy particular, le apasionaba y le obsesionaba el espacio, las mujeres, el cuerpo, la ciudad, la noche, y creo que esa visión que él tenía, poética y mística de la ciudad, es lo que vamos a perder”.

El fallecimiento del pintor, escultor, historietista, monero e instalador a los 57 años de edad ocurre cuando los diarios mexicanos fenecen de aburrimiento estólido. Los directivos extinguen a las secciones culturales para reemplazarlas por la cosificación de la mujer. La crónica y el buen estilo son canjeados por vapores de imágenes, recuadros y frivolidades. El texto, asesinado por la inmediatez. La credibilidad vendida al convenio publicitario. Muchos de los más grandes moneros del país, Naranjo, Rius y Helio Flores, ya son septuagenarios.

“Es verdad que parece que no hay nuevas generaciones de moneros con la fuerza de los grandes maestros que vienen marcando la pauta desde hace 40 años o más; en parte, es posible que eso sea el resultado de 30 años de neoliberalismo, y de la imposición de la cultura del individualismo por encima de la solidaridad social, pues la caricatura mexicana suele surgir del pensamiento de izquierda, el cual está bastante alicaído; muchos jóvenes ven el discurso de izquierda como algo anacrónico y extraño. Eso incluye, seguramente, a los que quieren ser caricaturistas”, reflexiona al respecto Antonio Helguera.

Patricio observa a una nueva generación de caricaturistas “que se tardó” en llegar, “que ha crecido con el internet y que tienen una visión completamente distinta de cómo difundir su trabajo y de cómo llegar al público”. Coincide José Hernández, pero advierte de un fenómeno de aislamiento: “Curiosamente esto implica que en lugar de que llegue a más gente, se cierre; cualquiera puede ver su trabajo, pero se reducen los lectores, finalmente puede llegar a todo el mundo, pero se vuelven como salitas de cine de arte de los años setenta; paradójicamente tenemos la posibilidad de hacer algo que puede llegar a todo el planeta, pero finalmente acaba llegando a públicos muy reducidos”.

Para José Cruz Camargo Zurita, líder del grupo de blues Real de Catorce y amigo de Ahumada, la partida del monero no debe ser tomada como una catástrofe: “No hay por qué hacer un duelo tan dramático, se perdió una gran persona y un gran artista, pero su obra está viva. Manuel Ahumada es nuestro, no es de los periódicos, es de nuestra vida, de nuestra existencia”.

En su libro El crepúsculo del deber, la ética indolora de los nuevos tiempos democráticos, el sociólogo francés Gilles Lipovetsky advierte que “la era posmoralista no debe invitar ni a los sueños de una resurrección del deber maximalista ni a las aberraciones de una ‘refundación’ de la ética”. Acentúa: “No hay más fin legítimo que los valores humanistas, no hay más medios que la inteligencia teórica y práctica”. En una entrevista publicada el 13 de septiembre de 2009 por La Jornada, Manuel Ahumada refleja ese espíritu humanista como el origen de sus dibujos: “Siempre he buscado burlarme de las convenciones, de lo que la gente considera que está bien, y trato de llevar esa búsqueda al límite, hasta llegar a lo irónico y al humor negro”.

En otra entrevista, Manuel Ahumada defiende la introspección como el derecho a deleitarnos con nuestros adentros: “Siempre se tiene un mundo interior totalmente privado y único, le cual lo marca a uno y no se puede dejar, aunque se viva con otra persona, siempre lo vas recreando y no tiene nada que ver con quién vives”.

Al monero ganador del segundo lugar del Salón Internacional de la Caricatura de Montreal, Canadá, en 1981, y del Grand Prix de ese mismo certamen en 1982, le disgustaba que lo asociaran únicamente con su sombría historieta La vida en el limbo: “Es la desesperación total, la soledad y me gustó mucho hacerla, porque de repente se convirtió en un diario personal; todo lo que me pasaba lo contaba allí. Pero ésa es solo una parte de mi vida, tengo muchas que ofrecer”.

Sus amigos coinciden en que Ahumada no era exclusivamente un sombrío personaje, como podría inferirse de parte de su obra. “Era un personaje peculiar, sumamente introvertido y muy parco, con poca vida social, pero con un mundo interior extraordinariamente rico”, recuerda Helguera. “Más que depresivo yo lo considero reflexivo, una reflexión a la que pocos estamos acostumbrados”, apuntala José Cruz. “Era un personaje sumamente sensible, diría yo que parte de su vida, como él la observaba, era poética, muchas personas dicen que era retraído, como un poco tímido; sin embargo, yo conocí otra cara de él, que era la cara de la persona que observaba, y
cuando observaba las cosas de verdad es cuando platicaba de ellas, desde una visión poética”, sostiene Mario Córdova.

José Hernández comenta que los integrantes de la revista El Chamuco, donde también publicaba Ahumada, planean un número de homenaje a su colega, e incluso evalúan la publicación de un libro con las historietas del pintor. José Cruz considera que La Jornada debería seguir imprimiendo el trabajo del artista.

Manuel Ahumada no alcanzó a cumplir su propósito de año; no llegó a la era digital, ni tampoco fue una estrella de las redes sociales o una celebridad que abarrotara estadios. Fue lo opuesto a los valores predominantes de una era donde sólo los ensordecedores aplausos ofrecen un bosquejo de sentido de vida. Por eso alcanzó la inmortalidad.

 

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