La decisión definitiva

Colombia
Especial

La sociedad está polarizada por el plebiscito para la paz que se votará el 2 de agosto. Quienes apoyan el acuerdo final firmado con las FARC señalan la necesidad de terminar con el conflicto que tanto daño le causó al país, mientras que sus detractores no confían en el pacto ni tampoco en la buena fe de la guerrilla. El futuro de Colombia se definirá en esta elección popular.

María Jimena Duzán- Semana (Colombia) 

¿Por qué los colombianos están tan divididos ante un acuerdo de paz que busca acabar una guerra de 52 años?, me lo preguntan una y otra vez, los periodistas extranjeros que han venido a cubrir lo que está sucediendo en Colombia.

Decir que tengo la respuesta a semejante interrogante, sería petulante. Colombia es un país difícil de leer, sobre todo para los colombianos. No obstante, sí creo que hay una razón muy simple que explica esa dificultad que tenemos los colombianos para no salir de la guerra: hasta el día de hoy, no hemos podido saber lo que en realidad nos pasó. Y un país sin memoria, siempre está condenado a repetir su historia. 

La guerra misma nos impidió construir un registro de los horrores que sucedieron y de las razones por las cuales se produjo esa vorágine de violencia. En los noventa, cuando surgió el narcoparamilitarismo, todos llegamos tarde a sus masacres: desde los gobiernos y la Fiscalía, hasta los historiadores y periodistas. Y cuando las Farc secuestraron políticos y los mantuvieron en cautiverio como si fueran animales por seis, siete y hasta diez años, la sociedad y los medios fueron indolentes y se olvidaron de ellos. La clase media de las ciudades se acostumbró a ver la guerra a través de su televisor e incluso hubo gobernantes como Álvaro Uribe que se dieron el lujo de decir que aquí no hubo conflicto. Es decir, que los desplazados eran migrantes, que las víctimas de los agentes del Estado no existían y que la parapolítica era una patraña inventada por una Corte Suprema -a la que señaló de auxiliadora de la guerrilla-, diseñada para impedir que él pudiera acabar con la culebra de las Farc. 

La fatalidad que impone la guerra nos condenó a vivir en la confusión y en la ignorancia. Por eso, luego de 52 años, aún no sabemos qué nos quitó esta confrontación.

Esta guerra que los partidarios del No menosprecian a tal punto que les parece insignificante terminarla, podría ser el conflicto con el número de desaparecidos más alto de América Latina, superando incluso las cifras de los de la guerra de Irak, de Sri Lanka y de Guatemala. 

” No obstante, sí creo que hay una razón muy simple que explica esa dificultad que tenemos los colombianos para no salir de la guerra: hasta el día de hoy, no hemos podido saber lo que en realidad nos pasó. Y un país sin memoria, siempre está condenado a repetir su historia. La guerra misma nos impidió construir un registro de los horrores “

Lo poco que sabemos del horror de la guerra debería ser suficiente para que los colombianos comiencen a entender por qué este conflicto hay que acabarlo, y qué es lo que realmente ganamos con su fin ganamos la posibilidad de recuperar nuestra condición humana, para que volvamos a sentir el dolor del otro y dejar de ser indiferentes ante la barbarie. 

He oído a muchos partidarios del No sustentando su voto con el argumento de que si pierde el Sí, nada cambiaría: “Volveríamos a lo mismo”, le dicen a uno, como si “lo mismo” fuese mejor que el fin de la guerra. Para que quede claro: éticamente, nada puede ser mejor que terminarla. Incluso una guerra maquillada como la nuestra. Ese debería ser un imperativo ético de todos los colombianos -los que la vieron por la televisión, los que la padecimos y los que hacen política acaballados sobre ella-. Todos, sin distingo de etnias, de color político o de equipo de fútbol, deberíamos estar de acuerdo en acabarla. Pero no se equivoquen: la única manera de finiquitarla es votando por el Sí. Yo, en mi caso, me niego a volver “a lo mismo”, así “lo mismo” sea lo único que haya conocido.

Carlos Catillo Cardona- El Tiempo (Colombia) 

He leído y oído decir que hay que tratar sin odio y sin insultos a los partidarios del No en el plebiscito. Estoy de acuerdo. Así son las democracias. Se basan en la tolerancia, el respeto mutuo, la aceptación de la diversidad, la búsqueda de la equidad y la comprensión de que todo el juego político debe darse en libertad y paz. No hay duda, hay que ser así.

Todo lo que ellos no son. Debemos enfrentarnos al ácido, a la hiel, a la tergiversación, el insulto y la mentira que exhuman los cruzados del No. Lo hacen con tal vigor y organización que parece que se jugaran el honor, la vida y el patrimonio. O, en orden de importancia para ellos, el patrimonio, la vida y el honor. Lejos de mí el insultarlos. Después de leer los innumerables insultos recibidos como comentarios a mi columna pasada, noto con satisfacción que los partidarios del Sí somos más demócratas que los que están por el No.

Por lo menos, yo no he oído decir a los nuestros lo que Uribe declaró en un noticiero: que si ganaba el Sí, él y los suyos saldrían a recorrer el país para atravesarse a ello. Es decir, no importa el voto de los ciudadanos. Su arrogancia lo impele a la arbitrariedad. Es consecuente: antes de que existiera un documento en La Habana, nos agoraban desgracias, sin saber qué se discutía allá. Ahora siguen dando la misma cantaleta, no obstante las 297 páginas, que parece que no han leído. Demuestran que solo los mueven su odio y sus prejuicios.

” Muchos, para escaparse del doloroso trabajo de pensar, presentan este proceso como la necesidad de elegir entre Santos y Uribe. Eso es una tontería. En estos días nos han recordado que Uribe, en su momento de gobierno, les ofreció y dio a las Farc mucho más de lo que han obtenido en este acuerdo. La elección no es entre personas “

En estos días hay pequeñas chispas de lo que puede ser el país. Por primera vez hemos visto jefes guerrilleros sin armas, echando discursos para la paz y no para la guerra. Algunos niños, pocos por ahora, pero niños, han salido de la guerrilla. El Gobierno y otras entidades tratan de explicar los alcances del acuerdo. Hay oídos sordos.

Muchos, para escaparse del doloroso trabajo de pensar, presentan este proceso como la necesidad de elegir entre Santos y Uribe. Eso es una tontería. En estos días nos han recordado que Uribe, en su momento de gobierno, les ofreció y dio a las Farc mucho más de lo que han obtenido en este acuerdo. La elección no es entre personas, tal como siempre solemos hacer en la política colombiana. No distinguimos entre personas y lo justo (el que nos cae bien tiene razón); entre origen familiar y capacidad (los delfines heredan habilidades); entre clase social y conocimiento (los indios y el tornillo son incompatibles); entre democracia e ideología (todo progresista es comunista).

En fin, quien no está de acuerdo conmigo está equivocado. La única decisión que hay que tomar ahora es por el bien del país, por la paz, por una mejor justicia social, sin el susto al secuestro, la violación, las bombas unipersonales, los bombardeos, los ‘falsos positivos’, la corrupción de los armados.

Pedro Felipe Hoyos Körbel- La Patria (Colombia) 

Ad portas del 2 de octubre, día crucial para Colombia, nuestro país cogerá otro rumbo, un rumbo incierto y con malos augurios. Sufrí un gran desengaño con la lectura del Acuerdo, aflora en las 297 páginas una visión de Colombia anacrónica que no se perfila como neoliberal ni socialista. Todo care
ce de orden. Parece un croquis levantado por ambas partes debido a que la autoridad competente no aprese en el lugar del accidente. Estas líneas son parte de mis dudas: La guerrilla negoció con los políticos, pero no logró convencer a la otra mitad de los colombianos de la bondad de sus miras. No creo que cincuenta años de violencia se desmovilizan así de fácil, el miedo y la incertidumbre no se combaten con soberbia y miradas estrechas. 

” Nuestro país cogerá otro rumbo, un rumbo incierto y con malos augurios. Sufrí un gran desengaño con la lectura del Acuerdo, aflora en las 297 páginas una visión de Colombia anacrónica que no se perfila como neoliberal ni socialista. Todo carece de orden. Parece un croquis levantado por ambas partes “

Me agobia la duda de que la periferia del país, nuestras olvidadas fronteras, y los sectores más expuestos de la población del país hayan encontrado el vocero ideal en las Farc. Viví muchos años en el Chocó y comprendí lo inmenso que es el problema económico en esa parte del país, basado en esa experiencia no puedo avalar lo propuesto referente al desarrollo que se le debe dar a los Llanos Orientales, la parte profunda; movilizar el Andén del Pacífico o hacer rentable a la Orinoquia en un mundo globalizado. Esa tarea es muy difícil a pesar que el Gobierno de Colombia, ingenuo o tramposo, se haya comprometido con eso. 

En el punto 2.3.6 página 48 del Acuerdo Final referente a las 16 Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz hay un aparte que llama la atención de cualquier lector atento, dice: “Los partidos que cuentan con representación en el Congreso de la República no podrán inscribir candidatos ni candidatas para estas circunscripciones…”. Surge mi primera pregunta: ¿Quién definió esas 16 zonas? Sigue otra: ¿A los pobladores se les pidió consentimiento para quedar incluidos en ellas? Porque según esta disposición a ellos se les recortarán los derechos ciudadanos y por ende ellos no se verán beneficiados de una parte de nuestra Constitución. 

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