Los golpistas de ayer y hoy

Argentina y Latinoamérica

A 39 años del Golpe de Estado, la ideología de quienes abogan por otro fin abrupto de un mandato presidencial sigue siendo la misma aunque los métodos sean diferentes. Cambiaron los tanques por los medios hegemónicos y un sector del Poder Judicial. Como ya no pueden explicitar sus intenciones, utilizan el argumento de la “inmoralidad” para fomentar la destitución. 

Marcha del 24 de marzo- Foto: Dyn

Eric Calcagno y Alfredo Eric Calcagno- Miradas al Sur (Argentina)

 El golpe de Estado de 1976 fue la revancha histórica de la oligarquía contra la chusma radical que trajo los derechos políticos y contra los negros peronistas que llevaron los derechos sociales y el voto femenino. El partido militar, que tan útil fue en los golpes de 1930 y 1955, tanto como en los de 1962 y 1966, intentó por cuenta y cargo del establishment, cambiar duraderamente la estructura económica y las relaciones de poder en provecho propio. Para ello había que destruir la sociedad, y es lo que se hizo a sangre y fuego. Tan culpables como los militares subversivos son, pues, aquellos civiles que fueron los autores intelectuales y principales beneficiarios del genocidio.

El presente. Hoy ya no son necesarios los golpes de Estado con tanques en la calle. En Venezuela no funcionó. Como dolorosamente vemos en Nuestra América en los años recientes (Paraguay, Honduras, intentonas en Ecuador, en Bolivia, en la actualidad en Brasil), el golpismo como acción destituyente contra presidentes o presidentas populares, utiliza partidos mediáticos o partidos judiciales como pantalla de sus acciones.

Como su ideología es la misma de siempre –privatizar ganancias y socializar pérdidas–, como el instrumento privilegiado es el endeudamiento externo, como no son capaces de expresar sus intenciones de desmantelar el estado de bienestar que cada nación construye a su manera y con sus tiempos, utilizan otros argumentos; pero los objetivos son los mismos. ¿Con qué argumentos golpean?

Ya no existe la cortina de hierro, con lo que no pueden acusarnos de comunistas; ni es válido el argumento de simpatías con el terrorismo islámico, que sólo cabe en dudosos e interesados recortes de prensa; la acusación sobre complicidades con el narcotráfico, en la Argentina cae con las políticas desplegadas en materia social, educativa, habitacional y preventiva. Entonces, ¿con qué legitimar lo ilegal?

El argumento utilizado es que son gobiernos inmorales y por lo tanto no pueden gobernar. Como creen que la distribución del ingreso es la fiesta populista, habrá que endeudarse para pagar los costos de tamaña extravagancia (¡jubilar a quienes no hicieron los aportes!, entre otras anomalías…). 

” Pero como se trata de gobiernos supuestamente corruptos, la moral debe primar; la moral en vez de la política, y hasta como eslogan (flaco favor le hacen a la moral…), con la ayuda del partido judicial –una parte minoritaria de la administración de Justicia– que sospecha, indaga, procesa, juzga y condena a través de los medios de comunicación monopólicos “

En el caso argentino, la derecha liberal ya no habla de público o de privado, sino que afila sus dientes privatizadores sobre los conceptos de eficiente o ineficiente. No lo dicen en concreto (eficiente para quiénes, cómo, de qué manera, eso es política) sino eficientes para lograr que su ciclo de acumulación termine fuera del país (cuentas ilegales, haberes en el exterior,  deuda para pagar gasto corriente). 

Pero como se trata de gobiernos supuestamente corruptos, la moral debe primar; la moral en vez de la política, y hasta como eslogan (flaco favor le hacen a la moral…), con la ayuda del partido judicial –una parte minoritaria de la administración de Justicia– que sospecha, indaga, procesa, juzga y condena a través de los medios de comunicación monopólicos.

El futuro

Sería demasiada casualidad que el ataque contra la Presidenta, sus ministros y funcionarios, sus legisladores y militantes, ocurra cuando las encuestas le daban al Proyecto Nacional la posibilidad cierta de triunfar en primera vuelta. Nada escatimó el establishment, ni la bajeza de atacar a la familia Kirchner. 

” Significa que las ideas políticas y los objetivos económicos de 1976, representados por personajes similares, vuelven a estar a la orden del día y buscan recuperar su poder perdido a cualquier precio “

Significa que las ideas políticas y los objetivos económicos de 1976, representados por personajes similares, vuelven a estar a la orden del día y buscan recuperar su poder perdido a cualquier precio. En ese contexto, es importante recordar desde el Movimiento Nacional que para las corporaciones y su comité político poco valen instituciones y Constituciones cuando se juegan sus intereses. Su experiencia les demuestra que los logros obtenidos por los gobiernos populares no son irreversibles. La mayor parte de los avances del primer peronismo fueron borrados por el golpe cívico-militar de 1955 (Constitución Nacional de 1949 incluida). En 1976 nadie pensaba que se iba a imponer un neoliberalismo salvaje hasta 2001 (con el intervalo alfonsinista); significó decenas de miles de desaparecidos, supresión de las empresas públicas, caída brutal del PIB y de la ocupación, ruinosa deuda externa.  

De allí la importancia de llegar a octubre con un alto grado de concientización y de movilización, por encima de operaciones e intentonas, chirinadas mediáticas u oportunas corridas. Será necesario para asegurar en las urnas el triunfo del Proyecto Nacional y ratificar la conducción de Cristina Fernández de Kirchner. 

 

Gabriel Di Meglio- Télam (Argentina) 

 

Este 24 de marzo la marcha viene acompañada de un llamado de atención. Por un lado se constata la dificultad para avanzar en los juicios sobre la responsabilidad civil en la Dictadura, y a la vez emerge la lógica intranquilidad sobre el rumbo que tome el próximo gobierno respecto de la política de DDHH y los juicios a represores de los 70. Hay ciertos consensos construidos, pero es lógico que se tomen precauciones contra el riesgo de retroceder en lo logrado durante estos años.

Otro riesgo, menos dramático, asoma en el horizonte. Es el de la solemnidad. Quienes nos dedicamos a investigar períodos lejanos en el tiempo –en mi caso la primera mitad del siglo XIX– nos movemos con mucha libertad. Podemos generar debates y lo que hacemos nunca es inocuo, pero tiene un impacto significativamente menor a lo que se dice sobre historia “reciente”. Me ha tocado abordarla en tareas de divulgación y cuando se lo hace todo cambia.

La magnitud de la masacre, la cercanía en el tiempo y el hecho de que no sea una cuestión cerrada (por ejemplo, en la Justicia) obligan a ser extremadamente cuidadosos. Discusiones ante un escrito o un programa de televisión incluyen diálogos del estilo “¿podemos hablar de guerrilla o decimos organizaciones revolucionarias?”; “sacá la palabra Proceso, así se llamaban los propios militares”; “ojo, no es Dictadura militar, es cívico-militar”. No son datos menores, claro. Se quiere ser certero en la explicación y no ofender a nadie. El problema es que al moverse con tanta cautela todo puede volverse un poco tenso, duro, y eso no ayuda a la transmisión. Si bien han existido experimentos exitosos en divulgación, en materiales didácticos, en exhibiciones, es deseable que se siga de aquí en más reflexionando sobre el cómo y no dar como certeras las prácticas que pueden haberlo sido hasta ahora.

¿Cómo narramos la Dictadura para quiénes no la vivieron? La experiencia ahí es clave. No es lo mismo para quienes la soportaron, para quienes éramos niños y la sufrimos de otra manera, o para las generaciones q
ue nacieron después de ella.

” Por un lado se constata la dificultad para avanzar en los juicios sobre la responsabilidad civil en la Dictadura, y a la vez emerge la lógica intranquilidad sobre el rumbo que tome el próximo gobierno respecto de la política de DDHH y los juicios a represores de los 70. Hay ciertos consensos construidos, pero es lógico que se tomen precauciones contra el riesgo de retroceder en lo logrado durante estos años “

¿El discurso debe ser el mismo para todos? Seguramente no, pero me preocupan en particular los más chicos, que no tienen necesariamente una conexión emocional con el tema. Es importante evitar que “Memoria, Verdad y Justicia” sea una consigna que puedan recitar sin reflexionar sobre ella, que vivan esta fecha sólo como un feriado, como otra directiva escolar.

La solemnidad con la que solemos tratar el período no colabora, creo, en esa dirección. ¿Cómo atenuarla teniendo en cuenta la gravedad de la temática? Tal vez se pueda reducir la adjetivación, la aparente necesidad de cargar de calificativos la época, para que eso no se vuelva cliché. El simple relato de los hechos de la Dictadura es feroz, no requiere que esa ferocidad se refuerce nombrándola.

El otro tema es la posibilidad de “desacralizar” que da el humor. Bombita Rodríguez en televisión o “El secuestro de Isabelita” en teatro lograron hacerlo con el complejo período pre-Dictadura. Más difícil es luego de 1976; lo consiguió con “incorrección” El Niño Rodríguez en historieta, pero no es habitual. Quienes integramos el equipo que creó “La asombrosa excursión de Zamba” en 2010 no tuvimos problemas en abordar el siglo XIX utilizando cierta dosis de humor para contribuir a que el dibujito fuese atractivo para los chicos, pero cuando nos tocó más tarde encarar el capítulo de la Dictadura fue más complicado. ¿Se puede usar el humor para hablar de esa época, y cómo? Todos hemos visto películas que apelan al tono de comedia como modo de aproximarse al nazismo. No parece tan sencillo para una etapa más cercana en lugar y tiempo pero puede servir para eludir las trampas de la solemnidad.

También contribuye lo que han delineado ya diversos autores: indagar en la complejidad del período. No parece lo mejor para un público infantil, ante el cual una condena a rajatabla de los que derribaron las instituciones e implementaron el terrorismo de Estado es necesaria (eso elegimos en su momento para Zamba). Pero desde la adolescencia en adelante, mostrar las internas y contradicciones del régimen militar, las trayectorias de las fuerzas que se le opusieron, y sobre todo, repolitizar a las víctimas de la Dictadura es importante. Porque ahora que ha comenzado a haber justicia, es posible debatir la actuación de la militancia previa y no buscar en ella héroes sino personas con contradicciones, lo cual no atenúa ni un poco la condena a lo que sufrieron. Lo han hecho libros y películas, consiguiendo una vía interesante para no inmovilizar el tema. Y la revisión, el debate, ayudan a que la fecha no se convierta a la larga en un ritual no sentido. Es importante que nunca sea bronce.

 

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