Vie 23 Jun 2017
Latinoamérica

El mundo de las apariencias

Esther E. C. Zárate

La imagen, utilizada instrumental y coyunturalmente, ha adquirido una importancia fundamental y ha ido desplazando y reduciendo el espacio de debate. En este espacio de lucha constante por obtener espacios de poder, conglomerados sociales construyen una relación con la política que es superficial y acrítica. La constitución estética de un espacio en común.

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Esther E. C. Zárate- La Época (Bolivia)

Bien había señalado Jacques Ranciere: “(…) la política no es, en principio, el ejercicio del poder y la lucha por el poder. Es ante todo la configuración de un espacio específico, la circunscripción de una esfera particular de experiencia, de objetos planteados como comunes y que responden a una decisión común, de sujetos considerados capaces de designar a esos objetos y de argumentar sobre ellos”.

En este mundo, lugar donde ya casi nadie lucha por nada, moverse en el ámbito de la política [al menos en su sentido no-científico, no-transformador, ni “liberador”] parece significar moverse en el mundo de la inercia mental, las apariencias y la lucha por el alcance del poder, la permanencia y la continuidad en el mismo.

Dentro de este espacio de lucha constante por obtener espacios de poder y frente a conglomerados sociales cuya relación con la política es superficial y a-crítica, la imagen [utilizada instrumental y coyunturalmente] ha adquirido una importancia fundamental y ha ido desplazando [y reduciendo] el espacio de debate, mismo que se encuentra “confinado” a un número restringido de personas (analistas políticos y periodistas). La imagen (fotografiada, filmada o visualizada en las calles), es ahora el bastión electoral de los actores políticos (individuales o colectivos), sobre todo de aquellos en los que predomina la necesidad de perpetuarse en el poder, antes que transformar el espacio común. El objetivo no es “hacer pensar” a los individuos a partir de mensajes articulados y consistentes, al contrario, se utiliza la imagen con el fin de evitar la reflexión [o reducirla a su mínima expresión] y ganar adeptos, no-pensantes, para el líder, partido o consigna política. En suma, se trata de someter al pueblo.

Así, una gran parte de quienes “no tienen tiempo” para la política o quienes se consideran lo suficientemente “sabios” como para permanecer alejados de ella, limitan su potencial político [“despolitizado”] a la observación y la discusión sobre “lo aparente” de la política, “conocido” a partir de esa amplia gama de imágenes subversivas, transmitidas por los medios de difusión. “¡Tenemos las imágenes!”, “¡al rojo vivo!”, “¡la noticia está aquí (en la televisión, el lugar de la imagen)!” suelen ser frases [aparentemente inofensivas] que sugieren que sólo la imagen es portadora de novedad y de realidad. Entonces, si una acción política no genera imagen, no existe.

La imagen como instrumento de sumisión

La cámara y la fotografía han reemplazado al pincel y al cuadro, aunque la finalidad política es la misma: “educar”, dominar y subordinar. La imagen interviene en la política y en su reconfiguración recortando espacios y tiempos, sujetos y objetos, lo común y lo particular; de la misma forma que los cuadros del renacimiento existían para atender a finalidades institucionales, intelectuales y religiosas, como señala Michael Baxandall.

Juan de Génova señalaba que el propósito de las imágenes religiosas era triple: 1) instruir a la gente simple, porque las imágenes son como libros; 2) conservar de forma activa en la memoria los misterios de la religión presentados diariamente en las imágenes; 3) generar sentimiento de devoción, que es despertado más efectivamente por las cosas vistas que por las cosas oídas”.

Asimismo, Fra Michele da Carcano afirmaba: “(…) Porque nuestros sentimientos son despertados por las cosas vistas más que por las cosas oídas (…) Las imágenes fueron introducidas porque muchas personas no pueden retener en su memoria lo que oyen, pero recuerdan si ven imágenes”. Así, como menciona Baxandall, el cuadro debe hacer pleno uso de todos los recursos emocionales del sentido de la vista, el más poderoso y también el más preciso de los sentidos. Como vemos, la imagen habla más allá de la estructura institucional real y material de la política.

" Dentro de este espacio de lucha constante por obtener espacios de poder y frente a conglomerados sociales cuya relación con la política es superficial y a-crítica, la imagen [utilizada instrumental y coyunturalmente] ha adquirido una importancia fundamental y ha ido desplazando el espacio de debate "

¿Es posible que el pueblo vea, crea y no cuestione? Friedrich Schiller afirma que el poder de la “forma” sobre la “materia”, es el poder del Estado sobre las masas, es el poder de la clase de la inteligencia sobre la clase de la sensación. ¿Qué debemos pensar acerca de esta afirmación?

Ciertamente es difícil conocer lo que verdaderamente sucede al interior del conjunto de instituciones de gobierno, y entender el desenvolvimiento individual de los actores políticos que desempeñan funciones en la gestión pública. No es sencillo comprender la complejidad de los procesos reales que vienen sucediendo a partir de las demandas sociales, y peor aún la evaluación del cumplimiento de los objetivos trazados para cada gestión.

El uso instrumental de la imagen termina siendo un arma de doble filo, tanto el pueblo como los actores políticos caen atrapados en el mundo de las apariencias. Entonces, estos últimos [al menos los “honestos”] intentan conducir esas imágenes políticas a la realidad.

¿Y por qué la imagen? Porque, al parecer, sólo a través de ella se puede lograr “tocar” a una sociedad insensible a la lectura y al debate. Una imagen de carisma, de acercamiento al pueblo, de defensa de una identidad históricamente oprimida, de recuperación de ciertos valores culturales… al fin de cuentas es sólo una imagen.

La imagen crea una realidad política nueva en tanto que trabaja en el imaginario social y lo moldea. Y, en el momento en el que se abandonan los cuestionamientos y el debate sobre el significado y la intención de la imagen nace el marketing político. El “arte” de la imagen actual está politizado 1. Ahora, ¿cuál es su orientación o función social? Bien señaló Ranciere que el arte tiene una función comunitaria ya que se encarga de construir espacios “comunes” de expresión y construcción de realidad 2. A partir de esta función se hace claramente visible su orientación política o (a nuestro criterio) su triple función: 1) la construcción de un imaginario social afín a una opción o gestión política; 2) la dominación y sumisión del pueblo y de quienes militan en dicha opción política; 3) la capacidad de encerrar toda promesa política en la autonomía, autosuficiencia y autorreferencia de la imagen. Es más, la imagen puede permanecer en la mente colectiva durante años, décadas y siglos, siendo indiferente a cualquier proyecto político concreto.

" La imagen crea una realidad política nueva en tanto que trabaja en el imaginario social y lo moldea. Y, en el momento en el que se abandonan los cuestionamientos y el debate sobre el significado y la intención de la imagen nace el marketing político. El “arte” de la imagen actual está politizado 1. Ahora, ¿cuál es su orientación o función social? "

Así, como afirma Ranciere: “(…) la política tiene su estética: en el fondo la política es la constitución de una esfera específica de objetos supuestamente comunes y de sujetos supuestamente capaces de describir esa comunidad, de argumentar sobre ella y de decidir en su nombre. La acción política establece montajes de espacios, secuencias de tiempo, formas de visibilidad, modos de enunciación que constituyen lo real de la comunidad política (…) La política es la constitución “estética” de un espacio que es común en razón de su misma división”.

¿Cuáles son los efectos de esta instrumentalización de la “imagen” en la política? Si lo único relevante es la imagen, toda otra pauta que pueda ser útil para juzgar los acontecimientos políticos o sociales se torna prescindible. Incluso de alguna forma se puede decir, reafirmando a Diego Paredes que ya no se hace un uso político del arte, sino que la política misma se realiza como “obra” de arte. Existe una estetización de la política, donde el criterio fundamental de la creación artística es la consumación de la propia obra según su valor estético.

Por ejemplo, en la estetización de la política, propiciada por Hitler y Mussolini hay una preeminencia del valor estético sobre cualquier otro valor pero, además, se presenta una política estetizada que se encarna en la figura del artista-gobernante. Desde esta perspectiva, la política es tratada como una obra de arte donde los ciudadanos se convierten en masas pasivas y maleables. El artista-gobernante debe formar al pueblo como si éste no fuera más que un material en bruto. En esta situación predomina una vez más la elaboración de la obra sobre toda otra consideración ética o social.

Así, en la política estetizada es difícil hablar de un espacio público, ya que en él no hay siquiera lugar para la manifestación de sujetos que quieran que sus voces sean escuchadas, no hay espacio para que se actualice la parte de los sin parte. El artista-gobernante encuentra aquí sólo una masa pasiva y obediente, un material que es fácilmente moldeable. A través de la imagen, el actor político prefiere dominar, someter y “formar” a las masas antes que ser cuestionado e interpelado por las mismas.

Aquí se encuentra el desafío para nosotros, para quienes decimos y decidimos formar parte del pueblo: ¿permitiremos que las imágenes supriman nuestra capacidad crítica?, ¿asumiremos sin cuestionar toda imagen que veamos como si fuera real y verdadera?

Finalmente, quienes otorgamos poder a las imágenes somos nosotros. Si somos prudentes y mantenemos un espíritu crítico, toda imagen pierde poder.

Bibliografía

● BAXANDALL, Michael. Pintura y vida cotidiana en el Renacimiento: Arte y experiencia en el Quattrocento. Editorial Gustavo Gili.

● PAREDES, Diego. “De la estetización de la política a la política de la estética”. Artículo extraído de la Revista de Estudios Sociales N° 34. Bogotá, 2009.

● RANCIERE, Jacques. Sobre políticas estéticas. Trad. Manuel Arranz. Universidad Autónoma de Barcelona. Barcelona, 2005.

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